El sitio electrónico oficial de la cultura cubana, La Jiribilla, le dedicó, recientemente, un dossier al cantautor Santiago Feliú a propósito de un concierto ofrecido en la sala Che Guevara de la Casa de las Américas, suerte de escenario de consagración para los trovadores de la isla. Son varios los textos que describen sus virtudes como compositor e intérprete. Se hace el recuento, en un tono picudo que quiere ser poético, de su peregrinar por el mundo, del hastío de esa vida fuera de la isla y del regreso al redil.
Hace algunos años el realizador Ernesto Fundora dirigió un controversial video clip sobre una de las canciones de Feliú donde símbolos del comunismo real, el soviético, y las aventuras militares internacionalistas de los Castro, eran tirados por la borda. Se cuenta que Silvio Rodríguez, uno de sus mentores, se desentendió del material, que debió ayudar a producir, cuando le contaron de la provocadora iconografía.
Entonces parecía que Feliú tomaba el camino contrario al de su hermano, Vicente, fundador sin brillo de la Nueva Trova y fidelista acérrimo. Todo hacía presumir que se encaminaba a la llamada canción contestataria, sobre lo que en su país no funcionaba debido, precisamente, a la alianza inquebrantable con los designios del “imperio del mal”.
Pero las cosas no ocurrieron así, Santiago Feliú se dejó instigar por un autor argentino que le dijo que no siguiera componiendo “pavadas” y lo invitó a compartir unos días con la guerrilla colombiana del M-19, sobre la cual escribía un libro. La experiencia fue una epifanía en rojo, color del cual el trovador se considera fiel seguidor “a su manera”.
Al regresar a Cuba, sin embargo, luego de una estancia en Argentina, donde ganó y perdió dinero, se encontró con su casa sellada porque las autoridades lo habían dado por desertor y las instituciones oficiales, que no tenían claro su estatus, lo comenzaron a ningunear.
Después de demostrar que su regreso era legítimo, fue redimido y como tantos otros artistas cubanos, principalmente los cantantes, ahora asegura que no le interesa la política aunque dice que las dictaduras le han hecho mucho daño a América Latina y que las democracias no le han servido para nada.
Sus declaraciones sobre el dictador Fidel Castro emulan con el amor que le profesa Silvio Rodríguez y se igualan a las de Amaury Pérez cuando lo hizo su padre putativo. “Fidel es como un Lennon, un rockero”, asegura Feliú. “Me impresiona mirarlo, oírlo; buena parte de mi rojez se deben a él y al Che. Para mí es como Bob Dylan, una mezcla entre rabia y lirismo, pero en el terreno de la política”.
Reconoce, por otra parte, que el directorio telefónico de sus amigos ha disminuido, pues han abandonado a Cuba, “por una razón u otra”. Concluye, sin embargo, con aquello de que cuando se los encuentra en otros países los ve más nostálgicos que los que han permanecido en la isla. La añoranza de Feliú, sin embargo, se remite al mundo antes de la caída del muro de Berlín, con petróleo subvencionado por el campo socialista y sin período especial.
Santiago Feliú es de esos artistas cubanos, con el privilegio de la fuga eventual a otras latitudes, que les complace dibujar el mundo contemporáneo como una perpetua catástrofe, sin remedio. Dice hacer canciones trascendentes, culturales, que pocas personas escuchan, en un país carcomido por el reggaetón. Tiene pendiente algún éxito perdurable como los de sus colegas Carlos Varela o Frank Delgado y, definitivamente, una suerte de raro sortilegio le impide estar en sintonía con las tribulaciones harto conocidas de sus coterráneos.



























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