Opinión

JORGE FERRER: El precio de una marca devaluada

 
 

Varias personas pasan junto a un bar típico en Madrid, España. El nuevo gobierno de Mariano Rajoy afronta una crisis económica con un índice de desempleo que supera el 25 por ciento.
Varias personas pasan junto a un bar típico en Madrid, España. El nuevo gobierno de Mariano Rajoy afronta una crisis económica con un índice de desempleo que supera el 25 por ciento.
Paul White / AP

Regreso a Barcelona después de pasar una semana entre el sur de la Florida y Nueva York. Llevo más de diez años viajando a Estados Unidos y encontrando siempre aquí un moderado pero sostenido entusiasmo por España. Decías venir de Barcelona y todo eran elogios y alabanzas. Que acababas de pasar unos días en Madrid y te repasaban todos los museos en lista que abría El Prado y cerraba el “Museo del Jamón”. España fue una fiesta de una década, mientras sus empresas se expandían por medio mundo, significativamente por Latinoamérica, y las páginas del Financial Times coreaban su “milagro”. Fue una novia de piernas largas en fiesta que duró más de la cuenta. Hasta que se sacaron las cuentas, precisamente.

El descalabro económico que ha padecido el país en los últimos años, el estrépito con que se derrumba una economía que presenta cifras de desempleo enormes y exige ser rescatada por los mecanismos financieros de la Unión Europea están hoy a la vista y en boca de todos. Pero hay otro fenómeno, masivo, que ha de preocupar a mediano y largo plazos. El respeto que inspiraban antes la economía española o la creatividad de sus emprendedores han cedido el paso a comentarios que se mueven entre el desdén y la conmiseración, la desconfianza y la velada acusación de que estábamos engañando a todos. De que lo de España fue un timo de grandes proporciones.

La situación adquiere a ratos visos cómicos: la misma persona que hace unos años me dijo en Nueva York que el festival de música electrónica Sónar era un foro de música electrónica sin igual, me dice ahora que no es de extrañar que se hundiera la economía española cuando en ocasión de asistir a “un festival de música en Barcelona” no vio más que masas de jóvenes “drogándose” y de juerga hasta el amanecer. O una amiga de Miami que hace un par de años me contó enfervorecida el viaje que había hecho desde Andalucía hasta Barcelona en “esos maravillosos trenes de alta velocidad”, cayó ahora en la cuenta de que la ocupación de los trenes era baja y me preguntó cómo diablos habíamos costeado infraestructuras tan sofisticadas. Con todo, la mayor sorpresa me la deparó una conversación con dos amigos de los Cayos de la Florida, fieles amantes de la gastronomía catalana y siempre ávidos de intercambiar sobre las últimas novedades en esa materia, que recordaron de repente una terrible indigestión producida por ciertos mariscos ingeridos en un célebre restaurante de la calle Gran de Gràcia.

Ya se sabe que a perro flaco, todo son pulgas, sí.

La cosa no pasaría de una mera colección de anécdotas si no fuera porque apunta al dramático hundimiento de la llamada “Marca España”, la niña de los ojos de todos los gobiernos recientes de España cuya promoción consiguió posicionar al país en un sitio de privilegio entre las naciones punteras del mundo, como imán de inversiones, destino turístico, paradigma del bienestar y foco cultural y de ocio –gastronomía y deportes incluidos.

La sensación ahora, “pillada” España in fraganti, es la de un país de vendedores de crecepelo, la de unos embaucadores que engañaron a medio mundo con un milagro que no pasaba de ser una puesta en escena donde todos los vecinos de Fuenteovejuna estaban, en verdad, del lado del Comendador.

A España le esperan años duros, los vive ya, y un reajuste de su modelo económico y social que transcurrirá a la par que en buena parte del resto de Europa. Pero el mayúsculo daño hecho al prestigio del país en tanto “marca” de éxito podrá tardar muchísimos más en ser reparado. Hacerlo costará horrores, tantos como los que ya estamos viendo.

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