Cuando creíamos haberlo visto prácticamente todo en política, surge una novedad de esas que hacen roncar el mango. Un venerable profesor de la Universidad de Vanderbilt acaba de hacer el elogio de las campañas políticas negativas a propósito de la que padecemos en la actualidad. Según el doctor John Greer, las campañas negativas, caracterizadas por la publicidad denigrante, revelan más verdades sobre los candidatos que las positivas. El ilustre profesor asegura haber estudiado los anuncios políticos pagados lo suficiente como para comprobar que los negativos aventajan en veracidad a los positivos en un 60 %. Y opina que la gente merece conocer al detalle la trastienda que tiene cada aspirante, especialmente si se trata de un aspirante a la presidencia del país. No seré yo quien ponga en duda las provocadoras conclusiones del doctor Greer. Pero le aconsejaría que las revisara al término de la actual campaña presidencial. Porque hay motivos para sospechar que será una de las más calientes y turbias en la historia de la politiquería nacional.
Y eso que la historia de nuestra politiquería es tan antigua como la república. Cuentan que tan remotamente como en 1828 Andrew Jackson y John Quincy Adams se acusaron de tantas enormidades que Jackson se miraba en el espejo cada mañana para cerciorarse de que era él y no el otro adefesio que fabricaba su adversario. La campaña de Adams lo acusaba de peleador de gallos y caníbal –lo primero era probablemente cierto– y propagaba el infundio de que su madre era prostituta. En los tiempos modernos, en la contienda de 1988, George H. W. Bush y Michael Dukakis se dijeron hasta el mal de que se van a morir. Dukakis ignoró un anuncio sobre los crímenes que cometió el recluso Willie Norton durante un pase de fin de semana en Massachusetts, cuando el candidato demócrata era gobernador. Y probablemente esa decisión le costó la presidencia.
El presidente Barack Obama y su retador republicano Mitt Romney se están despedazando en avisos publicitarios, 71 % de los cuales son negativos, según los últimos análisis independientes. Compárese ese dato con el de la campaña de 2008 entre Obama y John McCain, cuando por estas mismas fechas, 97 % de sus comerciales políticos eran positivos. El notable cambio de tono se lo debemos, en parte, a los superpacs y otros grupos de intereses que auspician seis de cada 10 comerciales de los que hoy nos infligen la tele y la radio. Esos grupos anónimos para el votante promedio no tienen pelos en la lengua, insultan por la libre, tergiversan el expediente de los dos candidatos y esperan sacarle lasca después de noviembre a las jugosas sumas que están invirtiendo en confundir, desinformar y manipular a los electores.
Los candidatos presidenciales, mientras tanto, viven la ilusión de que no son responsables de esta sistemática manipulación de la opinión pública. Creen que, como sus voces no se escuchan en los anuncios más cafres y chillones, no tienen que responder por los improperios, las exageraciones y las distorsiones. Pero se equivocan. El votante mejor informado no diferencia entre esos anuncios semianónimos y el candidato al que procuran beneficiar. Sencillamente se resigna al hecho de que esta suerte de antropofagia política es ya un rasgo inevitable de las contiendas electorales, una tácita admisión por parte de los candidatos de que son incapaces de conquistar el voto de las mayorías basándose primordialmente en sus ideas y en sus hojas de servicio público. Como no pueden convencerlos, los confunden y agobian. Cada candidato se excusa diciendo que si renuncia a hacer campaña sucia se estaría desarmando de manera unilateral. Pero mientras más turbia se vuelve una contienda electoral más evidente resulta que sus protagonistas están conscientes de la mediocridad de sus logros y de la falsedad o improbabilidad de sus promesas.
Especialistas ponen en duda la efectividad de los anuncios negativos para conquistar votos. Dicen que a lo sumo son un elemento pintoresco de las contiendas, sobre todo cuando los contendores son personalidades famosas como Obama y Romney, cuyas trayectorias conocen los norteamericanos. Pero lo cierto es que la avalancha de anuncios negativos alimenta el cinismo popular hacia los políticos y hacia la política en general. Y de cierta manera sienta las bases para las pobres expectativas que los gobernados tienen de su futuro gobernante. ¿Qué se puede esperar, en esencia, de líderes políticos que se erigen sobre el lodo que arrojan contra sus rivales para satisfacer sus ambiciones electorales?
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