Cada día estoy más orgullosa de ser parte de esta nación. Miren, en cualquier otro lugar del mundo darle la última palabra acerca de los temas trascendentales de la nación a un grupo de nueve abuelos(as) que visten largos batilongos negros, que nadie ha elegido, y que se comunican entre si en un idioma difícil de entender, sería una receta para el desastre total o, en el mejor de los casos, un guión genial para una película de los hermanos Marx. (Me refiero a Groucho no a Karl).
Pero el grupo de los nueve de negro, las tres mujeres y los seis hombres que forman la Corte Suprema de Estados Unidos, demostraron esta semana con sus opiniones que en esta nación las instituciones son más importantes que las personas y que el país funciona con la perfección de un reloj suizo, a pesar de la polarización política.
La vagancia y la ignorancia
Los principales enemigos de la democracia son la vagancia y la ignorancia, que abundan tanto entre republicanos como entre demócratas. Esos vagos prefieren recostarse sobe una pila de prejuicios en vez de darse a la ardua y no muy grata tarea de buscar la verdad con objetividad y sin pasión.
Ahora que nos acercamos al 4 de julio es bueno recordar que el preámbulo de la Declaración de Independencia nos garantiza a todos un dulce y delicioso derecho a “la búsqueda de la felicidad”, y para encontrarla los padres de la patria escribieron una Constitución donde hay un exquisito balance de poderes y una tercera rama del gobierno, la de los jueces, dedicada a la búsqueda de la verdad.
Enfrascados en esa rigurosa búsqueda, jueces como John Roberts y Anthony Kennedy no vacilan en cruzar trincheras partidistas e ideológicas. Ahora algunos republicanos dirán horrores de Roberts, el presidente de la corte escogido por George W. Bush, y lo acusarán de traidor y no sé cuantas cosas más. Pero es que no entienden que nuestra Constitución concede una total independencia a los jueces y la historia se repite: Bush padre nombró al juez David H. Souter, que acabó siendo uno de los grandes liberales de la corte, y el presidente Dwight D. Eisenhower dijo que los mayores errores de su vida fueron nombrar jefe de la Corte Suprema a Earl Warren y juez a William J. Brennan, los hombres que acabaron con la discriminación racial en la nación. En este país los políticos no controlan a los jueces.
El impacto del juez Roberts
Por eso al escribir la opinión que ratifica la constitucionalidad de la ley de salud de Obama, Roberts señaló lo que no se atrevieron a decir los políticos: que quienes no quieran comprarse un seguro de salud y puedan hacerlo tendrán que pagar un nuevo impuesto. Y como la Constitución concede al Gobierno autoridad para crear impuestos, o aumentar los existentes, el “Obamacare” es constitucional.
Para algunos que no aprenden y miran todo con un prisma ideológico egoísta la decisión de la Corte es un tremendo error, pero para muchos de nuestros compatriotas es un gran alivio. Roberts, por ejemplo, tiene una condición medica pre-existente y a sus 57 años no es elegible para la cobertura del Medicare. Si Roberts no tuviera el seguro que la Corte ofrece a sus empleados, ninguna compañía le aceptaría. Pero eso cambió ayer, para Roberts y millones de norteamericanos que ahora no podrán ser rechazados por los seguros médicos. Igual que las compañías médicas tendrán que aceptar que los seguros de los padres cubran a los hijos estudiantes hasta la edad de 26 años, o que los seguros no podrán prohibir que los pacientes accedan a tal o cual tratamiento con el argumento de que es muy caro. Millones de compatriotas se beneficiarán de este cambio radical en el acceso a la medicina.

























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