Si algo llama la atención en la folclórica política internacional que ha echado raíces en América Latina es el desmelenado rechazo a la “intervención” cuando va contra uno, en pareja con el desopilado respaldo cuando afecta a quien no sea mi aliado. No hay nada semejante en estas malas costumbres a lo que pudiera llamarse “jurisprudencia” administrativa o judicial. Los que protestan con vehemencia por el embargo sobre Cuba –inoperante, por cierto– son los mismos que defienden embargos, expulsiones y formas más directas de intervención en Honduras y ahora en Paraguay.
Saltando de uno al otro extremo despuntan los cuatro socios mayores de la ALBA, con el presidente Chávez a la cabeza. Las decisiones tomadas por la CIDH sobre violaciones de derechos fundamentales en Venezuela, pese a que no se acompañan de medidas materiales, suscitaron el colérico juramento de retirarse de la CIDH y, si fuese necesario, de la OEA. ¡La grosera intervención debe ser rechazada como un solo hombre por la América bolivariana! Agitados, sudorosos, mirando a un lado y al otro, gritan que la han tomado contra Venezuela, sin preguntarse si tienen fundamento las documentadas demandas que dieron base a aquellas inocuas condenas. Prefieren meterlas desordenadamente en el saco de los “atentados gringo-oligárquicos contra la soberanía”, lo cual no impide que aprovecharan esas magulladas instancias, al alimón con abiertas presencias militares, para forzar a las autoridades de Honduras a reinstalar al derrocado presidente Zelaya.
Cecilio Acosta, intelectual venezolano admirado por José Martí, emitió un juicio –diría exacto– sobre ese tipo de reacciones, tan gárrulas y prejuiciadas.
“Hay un error –dijo– en creer que la violencia es la acción”.
A Roy Chaderton le escuché decir que la respuesta de la OEA frente a lo que calificó como show parlamentario en Paraguay, era muy tibia. A reacciones tóxicas como esa es a las que se referiría sin duda don Cecilio. Porque obviamente, la OEA está obligada a actuar, pero con sentido de diálogo constructivo y buscando logros consensuados, en lugar de valerse del castigo, la división o la sumisión. Una es acción, la otra es violencia.
El embajador de Paraguay en la OEA respondió altivamente: Si quieren sacarnos de Mercosur, Unasur o la OEA, adelante. Recordó que por historia, Paraguay merece respeto. Agredirla es peligroso. La gente suele equivocarse. Esta tierra, alguna vez aislada en medio de bosques impenetrables y ríos repletos de yacarés, se convirtió en una dura fortaleza contra vecinos más reconocidos, trátese de Brasil, Argentina y más limitadamente Uruguay. Precisamente los tres países cuyos ejércitos unidos bajo el mando del ilustre general, historiador y finalmente presidente argentino Bartolomé Mitre, quisieron someterlo. Encontraron la más dura resistencia. El valiente pueblo sureño puso el pellejo en juego y, bajo la heroica dirección del mariscal Francisco Solano López, retardó la derrota inevitable no sin pagar un altísimo precio en menoscabo territorial y pérdidas humanas y materiales. La Triple Alianza tuvo que sudar mucho para lograr una victoria más bien pírrica. La historia se repitió en la encarnizada Guerra del Chaco, esta vez favoreciendo a Paraguay. Bolivia perdió la contienda y con ella un buen pedazo de su geografía. Ténganse presentes tales antecedentes para entender que con la soberanía de la tierra del doctor Francia y de Solano López es aconsejable no pasarse de raya.





























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