Los XI edición de los Juegos Olímpicos de verano de la era moderna se llevaron a cabo en Berlín, Alemania Nazi entre el 1 y el 16 de agosto de 1936. Participaron 4,066 deportistas (3,738 hombres y 328 mujeres) de 49 países compitiendo en 19 deportes y 129 especialidades.
Adolfo Hitler aprovechó el evento deportivo para demostrar al mundo la superioridad del nazismo y encargó un metódico programa de propaganda a su ministro Joseph Goebbels.
Pero fue Jesse Owens quien utilizó los juegos para demostrarle al mundo todo lo contrario.
El joven de Alabama, hijo de agricultor y nieto de esclavo, que ya había asombrado al mundo del atletismo un año antes cuando el 25 de mayo de 1935 logró cinco récords mundiales en Ann Harbor, Michigan, durante una competencia de atletas de las diez universidades más importantes del medio oeste estadounidense: La Big Ten Conference.
En sólo 45 minutos estableció cuatro récords mundiales en salto de longitud, 200 metros lisos, 200 metros vallas y 91 metros lisos. Esa increíble gesta está considerada entre las proezas más grandes del atletismo de todos los tiempos. Y a partir de aquel día, al estadounidense se le conoció como El Antílope de Ébano.
El 20 de junio de 1936, luego de romper en Chicago el récord mundial de 100 metros con 10.2 segundos, Owens se ganó el derecho a participar en los Juegos Olímpicos de Berlín.
En estos juegos, el atleta afroamericano realizó una memorable actuación. Consiguió cuatro medallas de oro en los 100 y los 200 metros lisos, en el relevo 4x100 y en salto de longitud. En esta última disciplina fue donde más dificultades tuvo.
El 4 de agosto, en la prueba de longitud, teniendo Owens en su poder la marca mundial con 8.13 metros, y Lutz Long, un atleta con excelente físico y que era el escogido de Hitler, ambos protagonizaron una de los duelos más emocionantes del deporte. Instantes antes del enfrentamiento, apareció la figura del dictador.
Para avanzar a la final se necesitaba saltar 7.15 metros en tres intentos. Los dos primeros saltos de Owens fueron nulos.
Ante la mirada fija de millares de fanáticos, Long se acercó a Owens y le dijo: Puedes calificar con los ojos cerrados, sólo retrasa algo tu salto para no hacer nulo.
Así lo hizo Jesse, que logró superar la distancia. En la final, mantuvo un duelo espectacular con Long. Fue en el último intento cuando Owens consiguió el nuevo récord mundial con 8.06 metros, lo que le sirvió para ganar la medalla de oro.
El estadio de Gunterstalt se quedó mudo por algunos instantes. Pocos segundos después, los fanáticos se pusieron de pie y le dieron una cerrada ovación.
Long felicitó a Owens y tuvo el gesto de acompañarlo en la vuelta al estadio.
Algunos historiadores cuentan que cuando Owens pasó frente al palco de Hitler, el führer no hizo ningun gesto de saludo. Pero en su biografía, el atleta norteamericano dijo: Cuando pasé, el Canciller se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal. Creo que los reporteros tuvieron mal gusto al criticar al hombre del momento en Alemania.
De la rivalidad entre Owens y Long surgió una bonita y duradera amistad. Tras morir éste último en la Segunda Guerra Mundial, el americano se encargó de pagar los estudios a su hijo.
La carrera de los 100 metros también fue emotiva, ganando Owens el oro superando a su compatriota Ralph Metcalfe, con una marca de 10.3 que marcó un récord del mundo.
Sus impresionantes victorias y cuatro medallas en los Juegos de Berlín de 1936, han convertido a Jesse Owens en uno de los atletas olímpicos más recordados de todos los tiempos.




























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