Cuando el vacío de amor aflige el corazón de un niño abusado o abandonado, ofrecerle un puñado de regalos, flores y expresiones de cariño ficticio es suficiente para perpetrar uno de los delitos más desalmados e ignorados en nuestra comunidad: la trata y explotación de menores con fines sexuales.
Son los niños más menesterosos y vulnerables desprovistos de un hogar, tanto hembras como varones, los que están en la mirilla de una jauría de criminales que los esclavizan sicológicamente para convertirlos en juguetes sexuales de otra manada de depravadores.
Es desconcertante descubrir que en Miami, como si fuera Tailandia, India u otras meca de turismo sexual, existe prostitución infantil, término erróneo, por cierto, que usan las autoridades para definir este flagelo, pues la prostitución se asocia con un acto voluntario. El alquiler del cuerpo de un niño para placer sexual es violación.
La Fiscalía Estatal anunció esta semana el desmantelamiento de una red de explotación sexual de jóvenes que estaban bajo cuidado, o más bien descuidado, del Estado de la Florida. Los servicios sexuales de las adolescentes tenían un precio de $100; sus proxenetas se embolsaban de $60 a $70. Las citas se realizaban en una especie de burdel en Homestead.
Las niñas habían sufrido previamente abuso, negligencia o abandono de sus padres, según las autoridades. Mendigaban por un poco amor, afecto y contacto humano. Así fue como las engancharon los predadores profesionales. Se trata de un ciclo del abuso, ya que una de las características del maltrato físico y sicológico es que produce respuestas de miedo e indefensión que facilitan su repetición, por lo que el ciclo se alimenta.
Existe una percepción errada sobre estas jóvenes entre algunas personas que creen que son ellas las que eligen prostituirse o no son lo suficientemente valientes como para revelarse ante los traficantes y denunciarlos. Estos hombres controlan cada faceta de la vida del menor mediante violencia extrema, coerción sexual y chantajes. Las degradan inhumanamente al punto que sus proxenetas les prohíben mirarlos a los ojos, las marcan con tatuajes y las amenazan con aporrear a todas las jóvenes de la red si una se atreve a llamar a la policía.
A diferencia de la venta de drogas o armas, en las que los traficantes solamente puede hacer una venta por producto, la trata sexual de niños suele ser más rentable porque el alquiler del cuerpo se hace múltiples veces en un día.
Los expertos estiman que al menos 100,000 menores son explotados sexualmente en Estados Unidos cada año. No es una atrocidad nueva, solo que la sociedad norteamericana ha sido incapaz, o ha estado indispuesta, a hablar de este problema porque reconocerlo evoca sentimientos incómodos y repugnancia. Ese silencio, sin embargo, es cómplice pues tiene impacto en los menores afectados.
A diferencia de los países donde el turismo sexual es endémico, la explotación sexual infantil en Estados Unidos es a menudo producto de la disfunción familiar. Si bien hay niños que son vendidos por sus propios familiares para uso sexual, la mayoría son jóvenes desamparados o bajo custodia de los gobiernos estatales.


























Mi Yahoo