Entre las grandes fotógrafas o artistas que usaron la cámara como medio, muchas obras perdurables han surgido de una perspectiva femenina capaz en el reino de las cosas ordinarias, y en lo familiar, captando la micro-historia: esa trama interior de las pequeñas vidas, casi invisible, no constituida por grandes acontecimientos, y que no obstante delinea los imaginarios que constituyen el mundo.
Existen numerosas fotógrafas que ayudaron a constituir la memoria arquitectónica del mundo -el New York de Berenice Abbott, la Sao Paulo de Hildegard Rosenthal, la Berlín industrial de Hilla Becher, o esa indagación única de Cándida Höffer en escenarios públicos que capta sin la presencia humana. Otras, como Tina Modotti o Gerda Taro fijaron para siempre imágenes de las luchas sociales o la guerra. Pero la indagación en los conflictos de la intimidad emocional, en el límite entre lo público y lo privado, y en las dualidades asociadas al género ha sido abordada con una fuerza capaz de intimidar por fotógrafas como Eleanor Antin, Francesa Woodman, Diane Arbus, entre otras artistas que excavan con su obra las fronteras de la identidad como Katti Grannan, Roni Horn, Annie Leibovitz, Sophie Calle, o Cindy Sherman.
La exhibición Women’s Perspectives, (Perspectivas de mujer) en Dina Mitrani Gallery, expone la mirada del mundo a través de la cámara oscura que obturan artistas locales de diversas nacionalidades y generaciones: Patricia Shnall Gutiérrez, Deborah Goldman y Peggy Levison Nolan, nacidas en los Estados Unidos; las argentinas Marina Font y Viviana Zargón; la venezolana Amalia Caputo y la española Vicenta Casañ. Las piezas fueron concebidas como series agrupadas de modo que conforman una composición conectada a la estructura de la narración cinematográfica.
En las siete fotos –como días de la semana– de Domesticated, de Marina Font, diversos objetos domésticos –cacerola, colador, escoba, bastidor, un aparato para lavar, un cartel que dice ceder el paso– y un bebé cubren el rostro de las mujeres a quienes dirige su obra evocando historias que tienen en común la “ab-negación”, como gesto que puede borrar las señas de la expresión propia. Ella misma la descubrió en su abuela, casada con un general, cuando el patriarca murió y pudo conocer la fuerte poesía que a lo largo de silenciosos años ella había escrito. Font, nacida en los años 70, comparte con Shnall –nacida en los años 50– esa dualidad entre la crianza y la creación, que ocurre aun teniendo un buen compañero, por la batalla contra el tiempo. La “habitación propia” de Virginia Woolf exige horas de soledad para el arte.
La serie de Shnall, Domestic Duality, es una secuencia de autorretratos en el interior de una casa donde ella se desplaza, con el rostro cubierto por el cabello y envuelta en sábanas decoradas con inmensos “puntos polca” hasta desplomarse en el suelo. Ese mismo patrón asociado a la danza, y a una suerte de felicidad doméstica, se transforma en puntos rojos que rememoran una violencia imperceptible en la superficie. Esa estética de los puntos de color, remite a la pionera del pop y del arte feminista, Yayoi Kusama, y desmitifica la apariencia de una felicidad doméstica que hace inaudible la voz de la mujer como ser en sí. En la serie de Caputo, From the Void (Del vacío) la desnudez del cuerpo femenino se cubre con “cuadros”. Aunque tampoco tienen rostro –un mecanismo que según varias artistas invita a “ponerle el propio”– hay una suerte de desdoblamiento creador pues las piezas de collages con fragmentos del cuerpo suplantan el vestido, aunque su cobertura no siempre tape las zonas más vulnerables. Casañ, por su parte, juega en El peso de las cosas con un sobredimensionado “collar de perlas” que acaba enredando el intento de danza de la mujer retratada.




























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