Artes y Letras

‘La civilización del espectáculo’ o la trivialización de la cultura

 
 

 
 

Especial/El Nuevo Herald

Cuatro fantasmas galopan sobre la cultura de nuestro tiempo. El primero se llama “Banalización”, el segundo, primo hermano de éste, “Mediocridad”, el tercero, “Precio”, y el cuarto, relacionado con todos, “Mercado”. Revoloteando alrededor de los mismos nos encontramos con otros espíritus mediadores, tales como “Críticos”, “Subastadores” y tantos otros que completan el cuadro general de lo que Mario Vargas Llosa (1936, Perú) ha llamado La civilización del espectáculo. El tema no es nuevo, Guy Debord por ejemplo, publicó en 1967 un libro que causó sensación: La sociedad del espectáculo. Años más tarde en 1983, Jean Baudrillard escribió otro titulado Simulaciones. Por su parte Robert Hughes ha denunciado consistentemente la falta de seriedad que priva sobre el mundo del arte, en manos de “artistas” poco escrupulosos. El año pasado Carlos Granés sacó a la luz un libro de rico contenido: El puño invisible: arte revolución y un siglo de cambios culturales, donde analizaba entre otras cosas, el proceso de desvalorización que padece la cultura en nuestro tiempo. En definitiva que todo indica que estamos presenciando el alza de una marea crítica, (iniciada en gran medida por Ortega y Gasset en su obra clásica La deshumanización del arte) , cuya intención es dar la voz de alarma ante un fenómeno que el metabolismo de la globalización ha ayudado a acelerar. En ese sentido el libro de Vargas Llosa, de lectura más ligera, ha favorecido su divulgación.

La cultura para Mario Vargas Llosa ha sufrido un fuerte embate al haber caído víctima de los fantasmas arriba mencionados. El argumento central del libro es que estamos presenciando un proceso de decadencia en el campo de la alta cultura: “En la era de la especialización y el derrumbe de la cultura las jerarquías han desaparecido en una amorfa mescolanza…”. Vargas Llosa defiende entonces una serie de puntos de vista tradicionales con vistas a recuperar los elementos básicos que le dieron razón de ser a la cultura occidental, entre estos el inconformismo, que fue uno de sus acicates primordiales. La trivialización a que la cultura ha sido sometida en estas últimas décadas, con su inevitable secuela de oportunismo por parte de críticos y mercaderes que pescan en aguas turbias, ha traído también de paso la inevitable transformación de la noción de valor. Esa noción alude por lo general a un peso específico opuesto a las epidérmicas interpretaciones que hoy en día han llevado a trivializar su significado. Lo banal o trivial que impera en nuestra civilización, y su afán de entretenimiento, ha rebajado el alto nivel de la cultura. No podemos olvidar sin embargo, que el entretenimiento formó parte también de la cultura de otras épocas, tema que valdría la pena explorar bajo otra óptica. Los “divertimentos” que los compositores del siglo XVIII acostumbraban a componer para la nobleza, son un bueno ejemplo de ello.

Por otra parte como la naturaleza de la creación artística se ha perdido, cualquiera puede autoproclamarse artista. Sólo basta ponerle una firma a un urinario, para convertir ese objeto en obra de arte. Después vino lo inevitable: los que pagaron altos precios por obras de ese estilo, creando un mercado especulativo donde un mediocre cualquiera puede hacerse millonario de la noche a la mañana. Para brindarle patente de corso, existen numerosos críticos que han creado una jerga esotérica, pretensiosa y muchas veces hueca y desprovista de originalidad y profundidad, tanto que hasta el propio Foucault… la llamó “oscurantismo terrorista”, justificando el “valor” de un tiburón de Damien Hirst. Pero ese valor, como lo señala Vargas Llosa, siguiendo tantos otros autores que han dicho lo mismo antes que él, ha sido confundido con el precio.

El desorden que ha ocurrido como consecuencia de ello me hace pensar en la película de Luis Buñuel: El ángel exterminador. Después de concluida una fiesta en la mansión de un millonario, sus asistentes se encontraron atrapados sin poder salir, hasta que alguien se le ocurrió volver a poner las cosas en el sitio exacto en que se encontraban antes de la llegada de los invitados. Me pregunto si no está ocurriendo algo semejante con respecto a la cultura y para salir del marasmo en que se encuentra, no será necesario “ese alguien” que ponga de nuevo las cosas en su lugar. La idea es factible siempre y cuando quien o quienes la lleven a cabo no confundan “vuelta al pasado” con “renovación del presente”, poniendo las cosas peor aún de lo que están.• 

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El Nuevo Herald

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