Resulta curioso que varios gobiernos no quieran reconocer al nuevo presidente de la república de Paraguay, alegando que ocupó el cargo producto de un golpe de estado, a pesar de que Fernando Lugo fue destituido de acuerdo con la Constitución paraguaya y con el visto bueno del poder judicial. Ese celo por proteger el proceso democrático es loable, pero resulta acomodaticio e hipócrita que mientras se rasgan las vestiduras en aras de la democracia mantienen un silencio cómplice ante la tiranía comunista de Fidel Castro, que durante más de cincuenta años se ha mantenido en el poder suprimiendo todas las libertades y derechos que esos gobiernos dicen defender.
Algún día Cuba será libre y cuando eso ocurra no quiero que vengan a mi patria a celebrar el triunfo de la libertad cuando no han sido capaces de condenar los atropellos que constantemente recibe nuestro pueblo de un régimen que niega los más elementales derechos y libertades enmarcados en la Carta Interamericana de la OEA y en la Carta Universal de los Derechos Humanos.
Es triste y lamentable que no sean los países hermanos del continente, que conocen de primera mano el sufrimiento del pueblo cubano, los que denuncien los atropellos del régimen, sino los países de la Unión Europea y los de la antigua Unión Soviética que sufrieron el terror comunista. Con esos países tenemos una deuda de honor.
Los principios democráticos y los derechos humanos no son de hojalata, que se doblan por cobardía o por intereses políticos, sino de acero templado, que se mantienen firme ante cualquier amenaza.
Demuestren que son defensores de la democracia, defendiéndola dondequiera que esté amenazada o secuestrada, como en Cuba.
Hiram González
Miami



























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