El estudio tomó datos de la Encuesta Epidemiológica Nacional sobre Alcohol y Condiciones Relacionadas de Estados Unidos, recogidos entre 2004 y 2005, e incluyó a adultos mayores de 20 años.
A los participantes se les preguntó: “Cuando era niño ¿con qué frecuencia lo empujaban, agarraban de un brazo, abofeteaban o golpeaban sus padres o cualquier adulto que viviera en su casa?” Quienes respondieron “a veces” o “con mayor frecuencia” fueron incluidos en el análisis.
Roya Samuels, una pediatra del Centro Médico de Niños Cohen, en Nueva York, dijo que los genes de los padres pueden influir en su respuesta a criar a un niño rebelde, así como en la probabilidad de transmitirles ciertas dolencias.
“Los padres que apelan a mecanismos de castigo corporal pueden estar ellos mismos en riesgo de depresión y trastornos mentales, por lo tanto, puede haber un factor hereditario en estas familias”.
Futuras investigaciones podrían arrojar más luz sobre el tema. Mientras tanto, el estudio recuerda que otras opciones disciplinarias, como el refuerzo positivo y la eliminación de las recompensas, son consideradas por los médicos como opciones más favorables de crianza.
“La realidad es que si el 50% de la población recibió palmadas en el último año, la mayoría de los niños son resilientes. Es sólo que hay mejores maneras de disciplinar a los niños que las palmadas”, dijo Fornari.
“Y para algunos niños vulnerables, el castigo corporal puede aumentar el riesgo de que desarrollen trastornos mentales. Por estas razones es importante realmente minimizar o abandonar el castigo físico”.
La Academia Estadounidense de Pediatría se opone a que los niños sean golpeados por ninguna causa y la Sociedad Pediátrica Canadiense recomienda a los médicos desaconsejar los castigos físicos.



























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