Opinión

GUILLERMO DESCALZI: Salud nacional, suicidio republicano

 

Los papeles se han trastocado. El jefe de la Corte Suprema, John Roberts, se unió a Stephen Breyer, Ruth Bader Ginsburg, Elena Kagan y Sonia Sotomayor, un conservador y cuatro liberales que ratificaron la constitucionalidad de la reforma de salud. Fue un día de glorias y rabietas en que la incredulidad dio paso a júbilo en la izquierda y denuncias en la derecha, con insultos al juez Roberts que van de cobarde y traidor a otros que la decencia no permite. La rabia de Limbaugh fue apoteósica.

El conservadorismo quiere jueces que apliquen la Constitución sin interpretaciones que den lugar a lo que llaman ‘construccionismo’. Los construccionistas crean estructuras legales que salen del marco original de la Constitución como fue escrita. Los conservadores exigen fidelidad a su letra, sin añadirle, quitarle, modificar, interpretar o derivar nada. El problema es que la fidelidad en este caso la tuvieron John Roberts y los cuatro liberales, mientras los cuatro conservadores restantes, Anthony Kennedy, Antonin Scalia, Clarence Thomas y Samuel Alito, se dedicaron a interpretarla. Ellos fueron los construccionistas en esto, liberales en su manejo del código constitucional.

Los republicanos están dedicados a negar cien años de tradición partidaria. Teodoro Roosevelt, en la elección de 1912, fue el primero en proponer un seguro nacional de salud. Nixon empezó, en 1974, a bosquejar un seguro médico nacional para todos los empleados a través de sus empleadores. En 1986 Ronald Reagan implementó COBRA. En 1989 la conservadora Heritage Foundation propuso un seguro médico obligatorio y universal. En 1993 dos republicanos, los senadores Hatch y Grassley, iniciaron un proyecto como el ahora refrendado por la Corte Suprema. En el 2003 George W. Bush añadió la cobertura de medicamentos al Medicare. En el 2006 Mitt Romney implementó en Massachusetts la ley que sirvió de base para la actual reforma. La marcha hacia un seguro médico universal y obligatorio fue republicana y conservadora, compartida con demócratas hasta el 2008. ¿Por qué el cambio? Por una obsesión con Obama, una obsesión rayana en fanatismo. Traen abajo el edificio político del país falseando la verdad sin contemplaciones con tal de derribar todo lo que huela a liberal o demócrata. Parecen no darse cuenta que están exhibiendo el relativismo moral del que acusan a la extrema izquierda. En la ultraderecha el fin ahora justifica los medios. Lo más notorio en la campaña contra la reforma ha sido su deshonestidad. Esgrimen falsedades intimando que volverán a su verdad conservadora tras derrotar a Obama. Mienten hasta con la boca cerrada. No hay nada más absurdo que esto en el teatro del absurdo en Washington D.C.

Se oponen a toda iniciativa demócrata, y así haciendo traicionan su propio concepto de derecho y responsabilidad. El mandato refrendado por la Corte Suprema presupone responsabilidad individual en salud. El derecho y la responsabilidad individual son el fundamento del ser republicano. Su corolario en salud lleva a buscar que nadie sea carga para los demás, algo que se logra mediante la participación de todos en un sistema nacional. Ahora resulta que los conservadores rechazan este concepto porque sale de los demócratas. Pocas veces se ha visto tal habilidad gimnástica. Saltan olímpicamente por encima del imprimatur de la Corte Suprema. Más allá de esto, Romney parece sentir que el ciudadano promedio es denso y no se da cuenta de que hoy se presenta como un anti Romney del Romney que fue. ¿Por qué? Por politiquería, y lo malo es que el liderazgo republicano en los diferentes estratos del poder está dedicado a negar cualquier iniciativa promovida por demócratas aun así antes hubiesen estado de acuerdo con ellas. Se serruchan el piso a sí mismos. Están cometiendo suicidio electoral.

La constitucionalidad de la reforma ha sido refrendada con un razonamiento legal diseñado por el juez Roberts. Su conducta empieza a restablecer la credibilidad de una Corte Suprema donde los casos eran decididos a lo largo de líneas partidarias. La justicia necesita ser apolítica, y la entereza de Roberts le devuelve a la corte algo de la fuerza moral que necesitaba. John Roberts será reconocido como uno de los grandes de nuestra jurisprudencia, aunque por el momento el tea partidismo y la ultraderecha lo tengan relegado al papel de traidor y cobarde. El debate sobre la salud nacional evidencia una ultraderecha dispuesta al suicidio político con el solo y único propósito de negarle la reelección a Obama.

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