Al permitir que las fuerzas policiales municipales actúen como agentes de inmigración, en un esfuerzo por erradicar las entradas ilegales, el gobierno de Estados Unidos ha creado un severo problema de seguridad pública, especialmente en comunidades inmigrantes como la nuestra.
Los indocumentados, que por carecer de papeles no son menos dignos que el resto de los seres humanos, temen llamar a la policía aunque sean víctimas o testigos de delitos, por miedo a ser deportados y separados de sus familias.
La desdeñosa política creada por el programa Comunidades Seguras atenta, paradójicamente, contra la seguridad pública al dar carta blanca al abuso de un sector de nuestra comunidad por parte de criminales y empleadores, a la vez que pone en peligro a cualquier norteamericano que sea víctima de un delito presenciado por un indocumentado que tema denunciarlo.
Además, se ha comprobado que promueve el fichaje racial de toda persona que encaje dentro de la apariencia estereotípica del hispano, así haya sido estadounidense toda su vida, y suministra a los agentes con prejuicios munición para dar rienda suelta a los abusos.
Si se comprueban los episodios de presunta brutalidad policial en Homestead contra hispanos indocumentados, comprenderemos aún mejor a qué responde ese miedo y desconfianza que sienten los inmigrantes sin papeles cuando ven a un agente o una patrulla.
Esté usted a favor o en contra de ellos, el uso de fuerza contra alguien que está pidiendo ayuda a la policía es injustificable y vituperable.
Según las órdenes de arresto de los agentes implicados, dos víctimas en casos separados acudieron al sargento Jeffrey Rome, mientras que éste trabajaba como vigilante en un local nocturno en sus horas libres, porque habían sido robados y necesitaban su ayuda. A cambio, presuntamente recibieron su agresión: a uno lo roció con gas lacrimógeno y al otro lo pateó en la cabeza.
Dos de sus colegas también fueron arrestados, acusados de encubrir los incidentes.
Defensores de los inmigrantes sostienen que la violencia policial en Homestead no es un fenómeno nuevo. Pero esta vez quedó registrada en un video grabado por detectives encubiertos que estaban supervisando el bar frecuentado por trabajadores agrícolas para otra investigación de tráfico humano.
¿Cuántas veces no sucederán episodios similares que se mantienen ocultos porque nadie se atreve a denunciarlos?
Si las víctimas fueran ciudadanos estadounidenses, la comunidad manifestaría su vehemente repudio y las autoridades actuarían con rapidez para apresar a los sospechosos. Pero en este caso, demoró un año hasta que la Fiscalía Estatal concretó los arrestos.
Algunos agentes de policía y de inmigración se han vuelto muy agresivos con los hispanos, no solamente en Homestead sino en otras partes de la Florida, debido a la intensificación del debate nacional sobre las leyes de inmigración y la retórica antiinmigrante de gente que piensa que Washington es demasiado permisivo con los indocumentados.
Eso ha dado pie a la actuación tendenciosa de la policía y a los registros e incautaciones inconstitucionales, así como al uso excesivo de fuerza cuando se trata de grupos étnicos.
Al mantener una de las provisiones más problemáticas de la ley antiinmigración de Arizona, cláusula conocida como “Papeles, por favor”, la Corte Suprema avaló la persecución de las familias de inmigrantes en Arizona y otros estados, que están en riesgo de ser acosadas por parte de las autoridades locales.
En el Condado Miami-Dade se han documentado varios casos en que agentes de inmigración y policías locales han detenido e interrogado por su estatus migratorio a ciudadanos estadounidenses con apellidos hispanos. Sin embargo, los ciudadanos no están obligados a portar ningún tipo de documentos excepto si están conduciendo un vehículo.
Los departamentos locales de policía niegan tener políticas encaminadas a hostigar a hispanos, pero los supuestos ataques en Homestead ilustran cómo las políticas teóricas de los organismos encargados de hacer cumplir las leyes no necesariamente son respetadas por sus agentes en la práctica.
Muchos inmigrantes sin papeles son los que trabajan de sol a sol para cultivar y cosechar las frutas y verduras que usted come, cocinan en sus restaurantes favoritos, construyen sus viviendas y limpian sus casas. En el sur de la Florida tradicionalmente hemos convivido con ellos en armonía. No debemos permitir ahora que la xenofobia y el racismo que soplan desde el Condado Maricopa, Arizona, o East Haven, Connecticut, nos infecten.

























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