Aunque los lectores hayan notado mis columnas y artículos en el periódico, he estado en Europa, adonde fui en un viaje de enseñanza para mi nieto Evan Connor, de siete años y medio. En París, tuve la suerte de contar con un amigo crítico de arte, William Navarrete, que accedió a mostrarnos con detalles aclaratorios algunas de las obras más representativas del Louvre.
‘LA CANOPEA DEL LOUVRE’
Regina Avila (nombre real: Regina Al Sowayel) y William Navarrete habían publicado La canopea del Louvre (Segunda edición, 2010, Editorial Aduana Vieja, Valencia), con prólogo de Ramón Alejandro, titulado Dos criollos ante la esfinge, con el objeto de analizar obras suyas favoritas en el Museo del Louvre, pero no a la manera académica o crítica, sino a la luz de su imaginación. Publicado en español y francés, el libro ya ha sido reseñado en este diario, pero Navarrete nos mostró algunos cuadros de los que seleccionó en su obra.
Entre los que glosó, La balsa de la Medusa/Le Radeau de la Méduse, de Théodore Géricault (1819), es un cuadro icónico del romanticismo francés, inspirado por el naufragio de la fragata francesa Medusa, frente a las costas de Mauritania el 5 de julio de 1816. Unas 147 personas se montaron en una balsa construida rápidamente, pero todos menos 15 murieron en los 13 días antes del rescate. Hubo canibalismo, locura y deshidratación durante la espera. Navarrete lo interpreta en su libro como un símil del naufragio de la isla de Cuba. “Nuestra isla se hunde”, comienza su escrito. “Los últimos sobrevivientes del cataclismo nos hemos puesto a salvo”.
El nombre de la Medusa en el barco no auguraba nada bueno. Y a un niño le fascina la metáfora de un rostro cubierto de serpientes que pueda petrificar a un hombre o condenarlo al abandono en el mar. Eso fue lo que pasó en esta obra tan gráfica que refleja un hecho histórico.
LOS TESOROS DEL LOUVRE
Evan le llama “Leo” a Leonardo da Vinci. El, mi nuera Shawn, mi hijo David y yo, quisimos ver la Mona Lisa, ahora tras cristal blindado. Es un cuadro que tiene muchas vidas y ahora se han resaltado otras obras de Leonardo o relacionadas con él, en una exposición en el Louvre que cerró el 25 de junio, alrededor de una Santa Ana, La virgen y el niño con Santa Ana, la última obra maestra del artista, que dejó incompleta y ha sido restaurada, y en España otra Mona Lisa de un discípulo, que pudo haber sido Andrea Salai o Francesco Melzi.
Para prepararnos para esta experiencia pasamos a ver otras obras renacentistas y prerrenacentistas, como los frescos de la Villa Lemmi, en Florencia, realizados por Botticelli hacia 1486, bajo encargo de la familia Tornabouni. “Los únicos dos frescos que se conservan los posee el Louvre”, dijo Navarrete. De Giotto, vimos el retablo San Francisco de Asís recibiendo los estigmas, del siglo XIII, que proviene de la iglesia de San Francisco de Pisa. “La obra es de gran importancia porque en el panel central se trabaja lejos de los cánones hieráticos que hasta entonces se pintaban y se esbozan los primeros intentos de perspectiva con la finalidad de dar a la obra un movimiento interior hasta esa fecha inédito”, comentó el crítico de arte. El tema de la perspectiva tuvo gran interés para un niño de siete años. También los temas históricos.




























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