En realidad, no eran comercios; eran lugares donde se almacenaban nostalgias. Al menos, las musicales. Eso eran las pequeñas tiendas de discos de Miami en la década de 1960. Recién comenzaba el exilio y a ellas iban aquellos primeros cubanos a buscar, oculta en las carátulas de los viejos elepés de Fernando Albuerne, Xiomara Alfaro, Orlando Vallejo y otros muchos artistas (que ya habían emprendido también el camino del destierro como Celia, Olga, Contreras, Laserie, Membiela y Blanca Rosa), una parte de su pasado. Después, nuestros hijos también las visitarían intentando descubrir ( Back to my roots, dirían ellos) sus raíces. Como al parecer hacía Andy García el día que, deslumbrado, encontró la música de Cachao mientras rebuscaba en los cajones de una tienda de discos de la Calle Ocho en La Pequeña Habana. O como quizás también hizo Chirino (no le bastó haber traído como polizones a Benny Moré, Matamoros y Cuní) antes de componer Nuestro día ya viene llegando.
Y digo “eran” porque esas tiendas ya casi no existen. Todavía quedan algunas, luchando contra toda esperanza para preservar nuestro acervo musical. Las demás, una a una, han ido cerrando sus puertas; como se han ido cerrando, lentamente, las de una parte importante de nuestra historia. No cerraron por voluntad propia. Ellos, sus dueños, hubiesen seguido detrás del mostrador atendiendo a sus clientes de toda la vida (abuelos, padres, hijos y nietos) que ya eran de tercera generación. Han cerrado como consecuencia de la crisis de la industria discográfica. Y no sólo fueron las tiendas pequeñas; también las grandes (de música estadounidense) se han visto obligadas a cerrar. Todo empezó (nada que ver con la “crisis económica mundial”) a finales de la década de 1990 cuando las ventas comenzaron a descender. Las causas de esa declinación fueron varias; siendo la primera de ellas los cambios tecnológicos que ocurrieron. Hacia principios de este siglo, ya toda la música era digital y podía ser grabada repetidamente sin que perdiera calidad. Por eso enseguida aparecieron los compactos regrabables y sus “quemadores”. Además, como su información estaba comprimida, podía rápidamente ser “bajada” o “intercambiada” en internet. Fue la época de Napster (“siestero” en español, porque dicen que Shawn Fanning, su creador, dormía mucho la siesta), Freenet y Kazaa, entre otros sistemas ( peer-to-peer) usados para compartir archivos musicales.
Los grandes sellos de la industria (Sony, Warner, EMI y Universal) y la Recording Industry Association of America (RIAA) no tardaron en reconocer el problema que se avecinaba y trataron de combatirlo a través de demandas judiciales (ya existía una ley al respecto) contra las compañías ( file sharing networks les llamaban) y los particulares (jóvenes y viejos por igual fueron demandados) que infringían los derechos de autor. La verdad es que la RIAA utilizó todos los recursos a su alcance: hasta llegaron a arrestar a los que vendían compactos pirateados en los parqueos de los centros comerciales. Pero nada parecía funcionar: los violadores siempre encontraban nuevas formas de evadir las leyes. El intercambio de música en internet siguió más fuerte que nunca y alcanzó cifras estratosféricas. El destino de las tiendas de música estaba sellado. Sólo era cuestión de tiempo.
El puntillazo final llegó cuando Apple abrió en el 2003 (otras compañías –Amazon, Walmart, Nokia– no tardarían en incorporarse a la caravana) su primera iTunes (tienda de música digital) con los catálogos de las principales compañías disqueras y la posibilidad de “descargarlos” en sus iPods ( portable media players), para beneficio de todos (Apple, los grandes sellos discográficos y los consumidores) menos para las pobres tiendas de discos. De repente, las reglas del juego habían cambiado. ¿Quién iba a comprar un disco compacto cuando podía “bajar” su canción favorita por menos de un dólar? Por suerte para las tiendas, todavía hay quienes prefieren –al menos, por ahora– comprar sus compactos de la misma forma en que compraban aquellos viejos elepés con los que solían aliviar sus nostalgias. Son los que envejecieron esperando el regreso y se resisten a aceptar que la paulatina desaparición de las pequeñas tiendas de discos de Miami signifique también la desaparición de sus más entrañables recuerdos. Son los que aún esperan encontrar –en los cajones de esas pequeñas tiendas de discos de Miami– las viejas melodías con las que todavía sueñan.•
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