Opinión

DORA AMADOR: Mi verdadero yo

 

Obsesionados como hemos estado con esa política ha transcurrido el tiempo

En un retiro intensivo de una semana, en silencio y retraimiento total compartido con 40 participantes, donde no se permitió ni el contacto visual, comprobé que lo que se venía gestando en mi interior, cocinándose a fuego lento e intuido como un cambio profundo en mi vida, era una verdad como un templo, que se acercaba y me exigía ir más hondo. Dios habla siempre en el silencio, y la corrección de rumbo, la transformación que deseo con toda mi alma me la pide, la quiere Dios, que siempre busca lo mejor para cada uno de nosotros, seres extraviados con tanta facilidad.

Va a ser doloroso y difícil, como todo apego al que uno tienen que dejar ir, porque parte de lo que tiene que cambiar es mi pasión desordenada por Cuba, o la Cuba imaginaria a la que me aferro inconscientemente como integradora de una identidad que forma parte de mi falso yo.

Después de 50 años de exilio le tengo que decir adiós a este amor tan íntimo como mis entrañas, a esta añoranza, a esta atadura, a esta necesidad extraña de un volver que no vuelve, a un regreso imposible, anhelo tan poco saludable a mi psiquis, a mi espíritu y a mi salud física. No soy libre, y estoy resuelta a serlo.

Mi relación con Cuba ha sido una en que ha primado la furia, estrechamente unida a mi amor hacia una patria perdida y a la búsqueda incesante de su libertad para que su pueblo, mi pueblo, tenga la dignidad que Dios le otorgó a cada uno de sus ciudadanos, y tenga esperanzas, que sea feliz y libre. Y yo pueda regresar. La isla esclava allá, yo esclava de ella aquí. Estoy agotada, decepcionada, de denunciar injusticias y atropellos, de gritar al mundo a través de la prensa lo que ha hecho de mi tierra el totalitarismo. Esta lucha ha ido dejando en mí a lo largo de los años una secuela amarga, dolorida y ya no puedo más. Ha sido Dios quien me lo ha dejado ver con claridad liberadora, extendiéndome de nuevo la mano, en su fidelidad y paciencia infinitas para que salga de esta relación tóxica que me impide acoger como un ser integrado a mi verdadero yo. (Me refiero al falso y al verdadero yo como los define Thomas Merton).

La diáspora está poblada de nuevas generaciones que nos han enseñado a los que llevamos 50 años fuera cierta bondad que desconocíamos hacia los culpables de la tragedia cubana. (¿Acaso los que nos fuimos no cargamos alguna culpa?) Es la inmensa mayoría que llega principalmente a Miami y que viaja cargada de productos necesarios para su familia que dejaron allá. En ella prima el amor familiar, por encima de toda política. Obsesionados como hemos estado con esa política ha transcurrido el tiempo. ¿Qué hemos logrado? ¿Qué he logrado yo? Porque una cosa es creer y entregarse a la causa de la justicia y la paz, y otra aferrarse a una causa que inconscientemente crees que te define. Mentira. Mi verdadero yo está arraigado en Dios. ¿Por qué el lamento? Mi origen y mi destino, mi fundamento y mi propósito están en el que me creó en el vientre materno allá en una isla hace muchos, muchos años.

Esta es la adaptación de unas palabras de Merton que quisiera se hicieran verdad en mí:

“Para pertenecer a Dios tengo que pertenecerme a mí misma. He de estar sola, o al menos interiormente sola. Esto significa la renovación constante de una decisión. Nada de mí pertenece a nadie ni a nada, excepto a Dios. Soledad absoluta de la imaginación, la voluntad, la memoria. Mi amor hacia todo es neutral, ecuánime, limpio. Ningún exclusivismo. Sencillo y libre como el cielo, porque yo amo a todos y cada uno y nadie ni nada me posee, me retiene o me ata. Ahora mi vida será sólo eso: mantenerme sin trabas. El viento posee los campos por donde yo paseo, y ni yo poseo nada ni nada me posee a mí”.

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