El árbol ha crecido y se ha extendido la sombra de sus ramas que cobijan a más personas mientras esperan el autobús en la parada. Son tantos los pasajeros bendecidos con este obsequio de la naturaleza que alguien astuto e irresponsable clavó sobre el tallo leñoso un papel anunciando: “Se renta un efficiency”.
Cerca del árbol, en una de las esquinas de la calle 7 del noroeste y la avenida 37, también hay una caseta techada con banco. Al no haber basurero, da grima sentarse ahí, pues la gente bota vasos de plástico y empaques de alguno de los seis establecimientos de comida chatarra que colonizan esta transitada intersección de Miami. Pero el techo protege del sol y la lluvia, que es lo más importante.
Hace cinco años, dicha caseta no existía. El árbol era más pequeño y su sombra muy disputada. Fue en ese preciso lugar, frente al Wendy’s, donde lancé mi primera campaña con la primera entrega de En Foco, titulada Los techos invisibles de nuestras paradas. La misión: sacudir a las autoridades para que recuerden a los pobres y ancianos, y mejoren el sistema de Metrobus, así como las condiciones de las paradas.
Para celebrar el quinto aniversario de aquella columna no fui a un crucero por las Bahamas, sino a un destino más popular: la Flagler con la 37. Como ahí no hay caseta, Leopoldina García me permitió refugiarme bajo su sombrilla mientras esperaba la ruta 37. El sol calcinaba, la humedad hacía la piel pegajosa. Habían transcurrido 40 minutos y el autobús no aparecía.
“Son unos inconscientes”, comentó García, de 64 años. “Tienen que darse cuenta de quienes sufren, las personas que salen de sus trabajos, los ancianos que a veces vienen en silla de ruedas, y padres con niños”.
La parada colinda con un Publix que tiene una especie de techo de tela en la parte alta del edificio. Los pasajeros que quieren sombra deben pegarse a la pared del supermercado, corriendo el riesgo de que el chofer pase de largo sin verlos. Es el diario martirio de las personas atadas a nuestro ineficaz sistema de transporte público.
Hay que dar crédito a las autoridades municipales y del Condado Miami-Dade porque en los últimos cinco años han techado numerosas paradas, pese a que continúan siendo una minoría. No obstante, desde entonces, la Administración de Transporte Público de Miami-Dade (MDT) ha descontinuado incontables rutas y aminorado la frecuencia de otras para hacer frente a sus problemas presupuestarios. Justifican, por supuesto, que las reducciones buscan eliminar duplicidad de itinerarios.
El transporte público es uno de los problemas que arrastra a Miami-Dade hacia el subdesarrollo y deteriora la calidad de vida tanto de lo usuarios del sistema como de los automovilistas, quienes sufren el consecuente tránsito porque se multiplican los automóviles. Esto fomenta la pérdida de la productividad entre las personas de menores recursos.
Como son tantos los afectados, el transporte y el tránsito han sido temas recurrentes en esta tribuna, así como los problemas comunitarios y el despilfarro de los fondos de los contribuyentes por parte de los gobiernos locales.
Por esas razones, soy persona non-grata entre las autoridades locales, legisladores, cabilderos, departamentos de policías, grupos de interés y empresariales. Imagino que en el estadio de los Marlins no hay una butaca reservada para mí en el palco VIP.

























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