Desde su exilio en Barcelona, el polifacético escritor cubano Manuel Reguera Saumell (Camagüey, 1928) confiesa con cierta tristeza que procura “estar al tanto de lo que se escribe o filma en Cuba actualmente y me angustia que no me entusiasme”. Aunque: “Salvaría, con reservas, alguna novela”, aclara. “Tampoco me conmueve lo que escriben los pocos dramaturgos que van quedando de mi época. Es como si se hubiera agotado su poder creativo y se sumaran a la sequía cultural y moral que asola a mi Cuba desde hace tanto, tanto, tiempo”.
La tierra natal, su tragedia y sus personajes se mantienen vivos en el escritor que llegó a esta cosmopolita ciudad en 1970. “Hecho leña, como dicen los criollos, ya que, para poder obtener el permiso de salida de Cuba, tuve que estar picando piedra dos años en una cantera. Hoy, cuando me hablan de perdón y reconciliación, sigo sangrando por tantas heridas que me infligieron”.
Sin embargo, esas heridas aún abiertas no le han desangrado su incesante creatividad. Este verano saldrá en la Editorial Barataria su más reciente novela, Retrato de Oswald Krel, título que alude el famoso cuadro de Durero. “Comencé a escribirla hace más de 10 años, y su trama principal es la relación amor-odio entre dos amigos que crecen como hermanos. Va desde sus infancias hasta la madurez, esto es desde 1967 hasta 1994. Impulsa la historia un ‘acto de repudio’ en el que muere, tras largo asedio, el padre de uno de los muchachos, mientras el otro se ve forzado a participar en dicho acto, lo cual será la causa de su ruptura. Precisamente el 20 de mayo último publicaron en Diario de Cuba una noticia sobre una mujer que falleció al verse acosada por uno de esos actos que se iniciaron en 1980 y aún persisten”, comenta con tristeza.
También se le ensombrece el rostro al recordar su vida en La Habana: “No olvido la primera mitad de mi vida ni lo que una vez fue La Habana y que tuve el privilegio de disfrutar en su esplendor en los años 50”.
El proceso de adaptación a su nueva ciudad, sin embargo, no le fue difícil: “Mi familia paterna, de origen andaluz, se trasladó a Barcelona en el siglo pasado. En esta ciudad mi padre tenía este apartamento que aún ocupo. Para mí fue una gran suerte, pues pude integrarme perfectamente en la sociedad catalana, a la que he llegado a amar como a la mía propia”.
Los primeros años en Barcelona le dieron una nueva perspectiva al autor, que comenzó a trabajar también como profesor. “Echar de nuevo raíces a los 42 años es ardua tarea. No me vi con fuerzas de revalidar mi título de arquitecto, pero pude dedicarme a la enseñanza. Hasta mi retiro, di clases de Historia del Arte, alternándolas con otras de dramaturgia (en el sentido bretchiano de dramaturg) en la Adriá Gual, la más importante escuela de teatro privada en ese momento, gracias a mi amistad con el inolvidable Ricard Salvat. Esto me permitió dirigir obras teatrales, algunas cubanas, lo cual fue una labor pionera”.
¿Pero cómo el popular dramaturgo, cuya Recuerdos de Tulipa fue llevada al cine en 1967 por el ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos) se convirtió en novelista? “Mi teatro es cubano, y era imposible que se adaptara al habla ni al ritmo de los actores catalanes. Por eso finalmente, una vez jubilado, opté por la novela. He logrado publicar tres: Un poco más de azul (2004), La noche era joven y nosotros tan hermosos (2007) y El adolescente pálido (2009). Todas con temática cubana”.




























Mi Yahoo