Me adhiero a la escuela de pensamiento de los que no creemos en las casualidades, sino en las causalidades, también conocidas en el argot espiritual como “designios divinos”.
Cuando hace más de dos años cambios drásticos afectaron la industria de las comunicaciones, El Nuevo Herald me pidió que incrementara el volumen de trabajo. Además de columnas sobre noticias locales y otros reportajes, me asignaron la cobertura diaria de dos complejas fuentes: religión y educación. También dispusieron que modificara mi horario para trabajar todos los domingos como reportero de noticias generales.
Las nuevas responsabilidades, al menos para mí, no fueron motivo de celebración, sino lo contrario. Pero igual me adapté.
Dos años más tarde, puedo afirmar que, aunque parecían una carga demasiado pesada, esas tareas serían necesarias para la evolución de mi Weltanschauung, mi percepción del mundo y la vida humana. No solo eso, sino que además pavimentaron el sendero a un nuevo proyecto editorial y ecuménico.
Como debía trabajar los domingos y escribir sobre temas religiosos, en abril del 2010 pensé que una historia enaltecedora era cubrir una misa de Domingo de Resurrección. Al azar, decidí ir a la Ermita de la Caridad, el santuario frente a la Bahía de Biscayne donde miles de católicos cubanos veneran a una advocación de la Virgen María conocida como Nuestra Señora de la Caridad, Patrona de Cuba.
Al culminar la ceremonia, en la sacristía, conversé por primera vez en persona con monseñor Agustín Román, obispo auxiliar emérito de la Arquidiócesis de Miami. Me explicó el significado del Cirio Pascual, entre otros símbolos, materia inédita para un judío como yo, que estudié en escuela hebrea y, por iniciativa propia, en una yeshivá ortodoxa-moderna en la Ciudad Vieja de Jerusalén, con vista al Muro de las Lamentaciones.
En la medida que continué cubriendo la arquidiócesis, las organizaciones católicas laicas cubanas, y el cincuentenario de la llegada clandestina a Miami de una imagen de la Virgen de la Caridad, el destino continuó acercándonos. Román se quejaba de la escasa cobertura de los temas religiosos en los medios de comunicación locales. A menudo me decía, con humor, que debió llegar un judío a rescatar la vida cristiana en la prensa.
Román falleció en abril a los 83 años como a él le hubiera gustado morir, con las botas puestas y trabajando por el Reino de Dios, mientras se dirigía a impartir una clase de catecismo en la Ermita, la cual llamaba “el Muro de las Lamentaciones de los cubanos exiliados”.
Su muerte demostró la magnitud del amor que el pueblo de Miami sentía por él y la gran pérdida que dejaba a todos. Miles le rindieron tributo frente a su féretro. Para los exiliados cubanos, era el sacerdote y siervo que los conectaba con su patria; el patriota que mantenía despierto el sueño de regresar con dignidad a una Cuba libre y democrática. Para los líderes religiosos no católicos, fue el puente que intentó encontrar puntos de coincidencia entre personas de buena voluntad realizando trabajo ecuménico.



























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