El pasado domingo 1 de julio, el mundo se detuvo unos minutos cuando la Roja, la Armada Invencible del Balón –luego de ganar dos Eurocopas– venció al equipo italiano, dándole a España su tercera victoria en cuatro años.
Un mar desbordante de fanáticos tomó las calles para festejar el triunfo. El sano júbilo de los fanáticos me hizo meditar: sería saludable para el tejido social que las personas admiraran la literatura y las ciencias con el mismo fervor, pues en la mayoría de los casos, los fanáticos del fútbol desprecian los libros y viceversa. Lo ideal sería lograr que los fanáticos del fútbol le pierdan el miedo a los libros y que los amigos de las letras pierdan su fobia al balón.
Para ciertos intelectuales, el fútbol es la prueba de que el pueblo piensa con los pies; para otros, el fútbol es responsable de que el pueblo no piense, algo parecido al “opio de los pueblos” del que habló Marx refiriéndose a la religión. Ambas versiones son incorrectas. El fútbol es una pasión universal, una danza con pelota y una señal de identidad colectiva que cumple una función social, y por tanto, reviste gran importancia en la cultura de una nación. Pero, por favor, no olvidemos los libros.
Pablo Llabre Raurell
Miami





























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