En las clases de Religión que impartían en el colegio la Creación se explicaba de acuerdo a lo que se relataba en el Libro del Génesis. En las clases de Ciencias, en cambio, la maestra hablaba de la teoría del Big Bang. Esa explosión cósmica que aparentemente desencadenó el improbable fenómeno de la vida en nuestro planeta. Tan extrañamente incomprensible, y por ello fascinante, la evolución de la materia hasta derivar en nuestra propia existencia, permeada de lucubraciones sobre cómo llegamos a ser quienes somos. La eterna pregunta filosófica en torno al sentido de la vida.
Por mucho que en la clase de Religión nos hablaron de los seis días que tomó la Creación y al séptimo el merecido descanso de un Dios superior que había colocado sobre la Tierra a la conflictiva estirpe de Adán y Eva, la hipótesis científica de la expansión del Universo parecía más plausible. A fin de cuentas, el caos y el azar reflejan que somos la consecuencia del desorden natural de los cataclismos. De ahí la inutilidad de los gestos narcisistas de quienes se creen el ombligo del universo, cuando en verdad sólo somos el residuo de un estallido sideral. Lo demás, lo que se ha escrito y divagado cuando nos asomamos al abismo de nuestras dudas, es la consecuencia de la fatalidad de pertenecer a una especie que desarrolló la conciencia en el proceso de selección natural que Darwin señaló.
Al final resulta que la historia del Big Bang es nuestro verdadero punto de partida y de esa conmoción lo primero que existió fue una fracción de segundo que produjo el Bosón de Higgs (que lleva el nombre del científico que lo detectó) o la Partícula de Dios: denominación más literaria y que alimenta nuestras ensoñaciones cuando contemplamos la inmensidad del firmamento y sentimos el vacío infinito que rodea el rincón de nuestra existencia.
Cómo no van a celebrar en Ginebra los investigadores de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN), al anunciar al mundo –que somos todos nosotros navegando en la soledad de la nada– que han sido capaces de captar ese soplo de partícula del que se desprende y se explica nuestra presencia en la Tierra. El larguísimo camino que ha recorrido la historia de la humanidad. Ha sido la presentación de la hoja de ruta de nuestros comienzos. El primigenio árbol genealógico. Una fracción de certeza en un océano de incertidumbres.
Los formidables científicos del CEARN han desentrañado el Cubo de Rubik a partir de una brizna subatómica nunca vista hasta ahora. Toda una hazaña que llevó mucho tiempo. Armado con papel y lápiz, en 1964 Peter Higgs elaboró una ecuación a la caza de esta partícula y desde entonces la ha buscado sin descanso hasta atraparla en esa catedral del conocimiento donde, con números y fórmulas, los físicos escriben su Biblia científica. El Libro Sagrado de nuestros orígenes.
Acaso la confirmación de que existe el Bosón de Higgs no disipe muchas de nuestras ansias existenciales, pero sí reivindica los fundamentos de la razón empírica de perseguidos como Hipatia, Galileo, Copérnico, Newton o Darwin. Todos ellos hijos de esta Partícula de Dios.
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