Opinión

NICOLAS PEREZ DIAZ-ARGÜELLES: El Fidelito que llevo dentro

 

“Por razones del corazón que la razón no entiende” aunque llegué hace 35 años a Estados Unidos hace poco me hice ciudadano de este país y nunca he votado en una elección. Una irresponsabilidad, quizás porque siempre lo que más me preocupa de quien ocupe la Oficina Oval de la Casa Blanca son sus decisiones sobre la libertad de Cuba, y ni demócratas ni republicanos han tomado ninguna en los últimos 53 años, ni la van a tomar en los próximos 100. Solo sanciones que no sancionan y un embargo que no embarga y que rechaza el mundo entero.

Porque para Washington en política internacional la isla es ciudadana de tercera clase porque dejó de ofrecer un peligro para la seguridad de Estados Unidos, y tanto burros como elefantes solo juegan con la hueca e hipócrita levedad de la retórica para conquistar el voto cubano, que es importante en elecciones presidenciales. Y en el fondo Washington tiene razón, tiene el derecho de colocar los intereses de 300 millones de norteamericanos sobre los de un millón de exiliados cubanos. En los logros económicos y políticos que hemos obtenido en este país somos gigantes pero en las grandes decisiones que él toma estamos fuera del juego.

No he votado en pasadas elecciones, pero este año lo voy a hacer y tengo que escoger entre el incumplimiento y la indecisión. Y un presidente de Estados Unidos puede mentir pero jamás dudar, puede incumplir pero nunca temblarle el pulso donde están en juego tantísimas cosas. Por tanto, voy a votar por Barack Obama, el “musulmán” que corrió el riesgo de equivocarse en la captura de Bin Laden, cosa que no tuvo el valor de hacer Bill Clinton. Y votar por Obama no me va a ser fácil. Mi esposa apoya a Romney, mis hermanos y mis mejores amigos igual. Pero existe un balance: mis tres hijos sí lo apoyan; por tanto, la pelea emocional la declaro tablas.

Mientras, en Miami, los extremismos tienen más densidad que el aire, rompiendo una ley física en la cual la política pesa más que la racionalidad. Aquí el extremismo lo puedes encontrar al doblar de cualquier esquina, en una sonrisa séase hipócrita o amable o al final de una lágrima de rabia. Y todos estamos expuestos al contagio. El pasado fin de semana, en las bodas de oro de amigos de niños, que somos familia, hasta yo, tan defensor de la moderación, el entendimiento y la comprensión, caí en mi propia trampa. Y lo hice por dos razones. La primera porque el fanatismo cuando te muerde como los vampiros no solo te chupa la sangre sino que te convierte en otro vampiro. La segunda, porque como dijo el inolvidable René Ariza sobre la oposición anticastrista: “Todos tenemos un Fidelito dentro”, y lo llevamos en el alma como la Bayamesa.

La fiesta fue bella, junto a un canal de Coral Gables, música de los 50 y el cielo estrellado. Bromeaba alegre en la mesa con amigos de la niñez. De pronto hago un aparte y me pongo a hablar seriamente con un primo de política norteamericana. Y de pronto escucho una voz desconocida que a nuestras espaldas me pregunta cómo podía simpatizar con Obama si no era ciudadano norteamericano. Le pregunté sus razones y me respondió que tenía en su casa papeles que probaban sin ninguna duda razonable que el actual presidente no había nacido en este país. Me volé y de nuevo compruebo, que en ciertas ocasiones y lugares, el coraje consiste en guardar silencio, no en responder sobre cosas de las que discrepamos. Perdí desgraciadamente el buen juicio, y le aseguré que si esos papeles se los entregaba al Washington Post o al New York Times, Obama perdería las elecciones del 2012, y seguidamente, en cuatro ocasiones diferentes, en voz alta (eso fue lo más lamentable) le pregunté: “¿Entonces piensas como el sheriff Joe Arpaio?” Fui insolente pero sobre todo estúpido al entrar a discutir algo tan baladí. Luego el debate tomó un ritmo más o menos álgido sobre diferentes temas.

Llegué a casa triste y al principio intenté absolverme diciéndome que no había sido quien se había interrumpido una conversación ajena sin ser invitado. Pero enseguida rectifiqué y llegué a la conclusión que de cualquier modo había sido irracional. Sobre el hombre con que discutí y que ni sé su nombre, de corazón, no de boca para afuera mis más sinceras excusas, ojalá que alguien le haga llegar este mensaje.

Y sobre el peso que tengo en mi conciencia me llegó un poco de paz cuando recordé anoche la respuesta que le dio Joe E. Brown a Jack Lemmon en el minuto final de la película Some Like It Hot: “Nadie es perfecto”.

Nicop32000@yahoo.com

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El Nuevo Herald

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