Me encontré con Regina Yánez muy de prisa, un día que andaba de compras, mientras subíamos las escaleras eléctricas de la tienda donde estábamos. A pesar de que ella venía acompañada por una amiga, me detuve no solo a saludarla, sino a elogiar que como siempre, estaba impecablemente peinada, maquillada y con un corte de cabello corto de lo más bello, y por supuesto que se lo dije.
Regina sonrió, e inesperadamente, ahí parada me disparó una bomba atómica.
“El corte de pelo y el peinado no son míos, es una peluca. Me dio cáncer de seno y la quimioterapia me dejó sin pelo”.
Me dejó sin palabras, aun no sé si por la noticia, o por imaginar lo que había sufrido, o por lo intempestivo de su respuesta. Solo alcancé a decirle que lo sentía y le reproché que no me lo hubiera dicho para, por lo menos, acompañarla.
“No me gusta ni preocupar, ni dar malas noticias a nadie”.
Nos despedimos con un abrazo e hice un esfuerzo para que no viera que yo estaba a punto de llorar.
El resto de la tarde y noche no pude apartar a Regina de mi mente.
Ella está al frente de una óptica, la Yánez, ahí por la Calle Ocho, donde siempre me ha impresionado la veneración que guarda a sus clientes y por la foto de la óptica original que su familia tenía en Cuba y que alguien le trajo de regalo, por tanto es la persona que me ayuda a ver mejor porque le encargo mis espejuelos. Así que de inmediato me di cuenta que había hablado con ella por teléfono en varias ocasiones ordenando los que pierdo a diestra y siniestra, pero que personalmente no nos habíamos visto, lo que no la eximia de no haberme avisado. Por eso decidí ir a verla y pedirle permiso para escribir su historia.
“No le dije a nadie porque el día que me enteré era la fiesta de 15 años de mi nieta mayor. ¿Cómo iba a destruirles el día? Así que una vez que me dijo el médico que debía de operarme y el tratamiento que seguiría, fue que decidí hablar con mis dos hijas y con mi yerno. Ambas estaban devastadas con la noticia, algo que yo no quería que sucediera, y nada, decidí que yo no me iba a vencer, y que tampoco era el tiempo para marcharme de este mundo. Así que le dije a Dios que me ayudara para salir de algo tan difícil como un cáncer”.
Regina, que quedó viuda hace unos años de un hombre maravilloso, dice con orgullo que su yerno le acompañó a todas las quimioterapias, radiaciones y que junto a sus hijas encontró el bálsamo para un tiempo difícil.
“No quise ni preocupar a nadie ni dar lástima, ni siquiera a mis amigas más cercanas a quienes se lo dije cuando ya no hubo más remedio. Decidí que si había que dar batalla, yo la daría de frente y con fuerza”.
Y la dio. Hace unos días me dio la gran noticia: está en remisión.
No me quedaba duda alguna de que lo lograría. Regina, una más de esas guerreras invencibles a quien Dios siempre tiene que cuidar. •























Mi Yahoo