Por enésima vez, los republicanos que controlan la Cámara de Representantes han votado contra la reforma del sistema de salud del presidente Barack Obama. Un gesto puramente simbólico, pues la constitucionalidad de la ley ya fue avalada por el Tribunal Supremo y su derogación será imposible antes de las elecciones de noviembre. ¿Qué buscan, pues, los legisladores de la oposición con este pataleo? Obviamente, mantener los reflectores sobre un tema que divide al país y con el cual esperan galvanizar a sus electores como lo hicieron en el 2010.
No creo, sin embargo, que tengan el mismo éxito esta vez. El eje temático de la actual campaña por la presidencia es la economía, no la reforma sanitaria. Insistir en el asunto es una distracción y algo así como mencionar la soga en casa del ahorcado, ya que la ley de Obama es una copia bastante fiel de la que Mitt Romney firmó cuando era gobernador de Massachusetts.
Lo más perturbador de toda esta acrobacia política es que los líderes del GOP son incapaces de ofrecer una alternativa creíble al plan de salud de los demócratas. Romney promete revocar la ley, pero no dice cómo solucionará el problema. El presidente de la Cámara, John Boehner, y el senador Mitch McConnell ni siquiera se han enterado del problema: ambos repiten que Estados Unidos tiene el mejor sistema de salud del mundo. En su idílica visión no entran los 30 millones de norteamericanos sin seguro médico, ni las familias en bancarrota por culpa de la enfermedad. Tampoco admiten que la mayoría de las naciones industrializadas aventajan a nuestro país en la calidad del sistema de salud.
Viendo semejantes dislates, se entiende por qué el índice de aprobación del Congreso ha caído de manera estrepitosa.
Yoel Prado
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