Imaginen una final de Wimbledon donde Roger Federer no quiera enfrentar a Andy Murray. Piensen en esta Final de la NBA y hagan el ejercicio mental del Heat negándose a jugar contra el Thunder. ¿Qué creer de unos Yankees que rechacen la oportunidad de medirse a los Medias Rojas, o cualquier otro equipo? Todo deporte en el mundo, hasta la peor de las ligas, se beneficia de la batalla entre los mejores, de la exposición repetida de sus más grandes exponentes.
Sólo el boxeo no parece darse cuenta de esta realidad. Aquí, casi nunca, el mejor va contra el mejor, sino contra el rival que su promotor considere el menos peligroso para su inversión, y el resultado se puede ver en esas carteleras insípidas y tediosas que de sábado en sábado pasan por las televisoras de cable, que también tienen una porción de culpa, al igual que los organismos que otorgan fajas. De esta quema no debe salva nadie.
El anuncio de que Josesito López será el rival de Saúl El Canelo Alvarez confirma lo que temíamos. Golden Boy, para proteger a su gallina de los huevos de oro ha saltado olímpicamente por encima de varios campeones y púgiles de calidad, clasificados como retadores en línea sucesoria, con el objetivo de que el mexicano siga sumando triunfos sin muchos sobresaltos.
Oscar de la Hoya, ese que prometió limpiar el boxeo, hacerlo más transparente, fue brillante como guerrero en el ring y nunca puso objeciones a la hora de medirse con los grandes de su época, desde Julio César Chávez, hasta Bernard Hopkins y Tito Trinidad; pero ahora como promotor renuncia a todo aquello que lo hizo grande. Porque la pelea López-Alvarez es una farsa.
Para empezar, nunca me gustó la idea de que Víctor Ortiz fuera la primera opción para el Canelo. Salvo su terrible actuación contra Floyd Maywheater Jr., jamás había peleado en las 154 libras. Si en el peso hay hombres de calibre como el cubano Erislandy Lara, Austin Trout, Cornelius Brundage, el mexicano Carlos Molina, Miguel Cotto. ¿Por qué darle el chance a quien no lo merece?
López destrozó esta pelea de la misma manera en que fracturó la mandíbula de Ortiz, y se convirtió en el nuevo contendiente. Peor aún. No quiero desconocer la valentía de este muchacho ni el talento que pueda tener, pero una vez más, se trata de una burla y una trampa que se comete con total impunidad, porque ningún organismo ni comisión ha levantado su voz para denunciar el quiebre de tantas formalidades. López jamás ha combatido más allá de las 144 libras. De modo que va a una batalla donde va debajo en peso y en taquilla. Tampoco merece este premio.
¿Qué debería hacer alguien como Lara para que De La Hoya lo tome en cuenta? Lo mismo que Sergio Martínez. Por los últimos dos años, el argentino no ha dejado de perseguir verbalmente al mexicano Julio César Chávez Jr. y finalmente logró fijar un choque para el 15 de septiembre. Estamos hablando de dos de los mejores en las 160 libras. Desgraciadamente, esta pelea escapa de la regla para convertirse en la excepción.
Cada día que pasa se desvanece más la posibilidad de un combate entre Manny Pacquiao y Mayweather. No me interesa verlos juntos en un ring cuando ambos tengan 40 años, como les sucedió a Hopkins y Roy Jones Jr. Dudo mucho que veamos a Nonito Donaire cruzando golpes con Guillermo Rigondeaux, tampoco me trago el cuento de que Adrian Bronner se medirá a Yuriorkis Gamboa.
Los dos grandes promotores, De La Hoya y Bob Arum, han envenenado el boxeo con su bronca personal, pero los boxeadores, como en el caso del Canelo, llevan su responsabilidad. ¿Acaso no es campeón? El debe ser el primero en pedir al mejor, en aceptar el reto más difícil, y no dejarse guiar ciegamente por su promotor, si es que queda algo de orgullo.
El boxeo vive horas bajas. La ausencia de los mejores lo está llevando al abismo.




























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