En cierto momento inquietante del documental Espacios inacabados, estrenado con éxito durante el pasado Festival Internacional de Cine de Miami, nos enteramos de que uno de los arquitectos de las legendarias Escuelas de Arte de Cubanacán, comenzadas a construirse en los años sesenta sobre el terreno usurpado al Country Club de La Habana y nunca terminadas, fue detenido y expulsado del país, por entonces acusado de agente de la CIA.
Con el paso del tiempo se supo que era una de las tantas inculpaciones infundadas del joven gobierno castrista que ya se especializaba en este tipo de descréditos para desembarazarse de los indeseados.
Las escuelas que habían sido ideadas por el propio Fidel Castro y su camarada de armas Ernesto Guevara, un día de asueto donde intentaron jugar golf en aquella verde campiña de la próspera burguesía cubana, contaron con el concurso de dos arquitectos extranjeros, simpatizantes de la revolución, y un cubano que, a la sazón, también se encontraba trabajando en otro país.
En un principio recibieron el espaldarazo del régimen, mientras la idea les servía de pura propaganda internacional para sus designios. Los arquitectos no repararon en la eventualidad de dicha circunstancia, cegados por la malsana seducción de los guerrilleros de la Sierra Maestra, echaron a volar sus más imaginativos sueños de diseño y no escatimaron recursos e inventiva hasta que cayeron en cuenta que la escasez e indolencia, caras al socialismo, comenzaban a horadar sus potencialidades creativas.
Las Escuelas de Arte de Cubanacán terminaron como la “fiesta del Guatao”. Se interrumpieron las obras por inoperantes y pretenciosas, “faraónicas”, según los burócratas del régimen. Al final, uno de los arquitectos fundó familia en Cuba y vivió años marginado, el otro fue expulsado por “agente” y el criollo se exilió en París.
Al defenestrado, Vittorio Garatti, de 85 años de edad, nadie le ha ofrecido disculpas públicas por la calumnia y, de hecho, ha regresado tan orondo a la isla y hasta hace poco pretendía participar en las obras que concluyeran su parte en el conjunto de edificios, específicamente la Escuela de Ballet, para lo cual no ha escatimado en decir que debido al “bloqueo” de Estados Unidos a Cuba la institución educacional nunca pudo terminarse.
Hijo del maltrato casi patológico, Garatti ha debido escribir tres cartas, sin respuesta, a los dictadores Castro en términos muy revolucionarios y adulatorios para que no lo dejen fuera de la reconstrucción que, según noticias llegadas de ultramar, ha caído en manos del famoso arquitecto británico Norman Foster y su compañía, a solicitud del bailarín cubano del Royal Ballet de Londres, Carlos Acosta, quien desea crear un Centro Cultural en la accidentada Escuela.
Garatti presume que lo van a dejar fuera, otra vez, aunque un funcionario de la empresa cubana ATRIO ha declarado que lo mantienen al tanto de todos los pasos que se toman al respecto, lo cual no parece ser cierto cuando el agraviado ha enviado la correspondencia a sus otrora verdugos y concede una entrevista a Diario de Cuba donde declara, iracundo, que tiene el derecho de autor y no se pueden hacer modificaciones sin su consentimiento.
El régimen parece estar apostando a la vejez y deteriorada salud de Garatti para acometer la transformación del “monumento nacional”, sin mayores consultas. Ahora mismo miembros de la intelectualidad cubana intercambian airados e inútiles emails por no haber sido tomados en cuenta en el proyecto.
Al igual que hiciera el arquitecto italiano en los años sesenta, cuando aceptó, sin chistar, construir sobre terreno robado, los nuevos implicados vuelven a seguir los preceptos de la dictadura de irrespeto por la propiedad ajena. Mañana le echarán la culpa a los enemigos de la revolución por haber tomado tan desacertadas decisiones.



























Mi Yahoo