Joaquín Guzmán Loera ganó las elecciones presidenciales mexicanas. Gracias a la victoria del candidato del PRI, dejará de ser el prófugo más buscado del planeta, si no lo detienen (o no lo matan) antes de la investidura de Enrique Peña Nieto.
El triunfo del PRI es un triunfo para el Chapo Guzmán porque cuando Peña Nieto tome posesión de Los Pinos en diciembre, buscará un acomodo con el Chapo, negociará un inconfesable pacto de coexistencia pacífica con el narco de Sinaloa. Sin adoptar la estrategia maligna de Carlos Salinas de Gortari, cuya presidencia facilitó el crecimiento de los mal llamados carteles mexicanos y el blanqueo de miles de millones de narcodólares, Peña Nieto optará por un mal menor. Dejará de hacerle la guerra de alta intensidad al cartel de Sinaloa. Y de vez en cuando, para cubrir las todopoderosas apariencias, sus policías arrestarán a algún socio menor del Chapo. A cambio el gobierno mexicano recibirá la ayuda de Guzmán en la lucha contra los Zetas, una temible pandilla de psicópatas que combina su afición a la atrocidad con la sofisticada organización de unas fuerzas especiales dedicadas a la siembra del terror.
Los Zetas se iniciaron en el narcotráfico haciendo el papel de pretorianos en el Cartel del Golfo encabezado por Osiel Cárdenas Guillén. Varios de sus líderes provenían del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales del ejército mexicano. (Uno de ellos, Rogelio López Villafana, recibió entrenamiento en técnicas de lucha contra el narcotráfico en Fort Bragg). Reclutaron ex soldados mexicanos y ex militares guatemaltecos de élite, los Kaibiles. Sin embargo, en el 2007 se pelearon con el Cartel del Golfo . Aplicando el terror indiscriminado, técnicas modernas de inteligencia militar y contrainsurgencia, y utilizando una gigantesca red de informantes y la compra de funcionarios, soldados y policías, los Zetas lograron arrebatarle territorios lucrativos en el noreste del país a sus antiguos jefes. Después le declararon la guerra al Chapo Guzmán.
Hoy los Zetas son un modelo de diversificación empresarial hamponil. No sólo controlan el contrabando de drogas hacia Estados Unidos desde Tamaulipas y Nuevo León. También están ganando fortunas de sus filiales especializadas en la extorsión, el tráfico humano, el secuestro, el asesinato por encargo y el robo de millones de barriles de petróleo. Matando y torturando por igual a civiles inocentes y criminales, exhiben en lugares públicos a sus víctimas descuartizadas como escarmientos… y como trofeos coleccionados por un asesino en serie. Los Zetas se han propagado como un retrovirus mortal a Guatemala y a 17 de los 32 estados mexicanos, a pesar de la detención de algunos de sus capos más importantes y la muerte de decenas de sus matones en enfrentamientos con el ejército y con traficantes enemigos. En muchos pueblos se han convertido en un gobierno municipal paralelo. Es la pandilla criminal más peligrosa, y más sanguinaria, de México.
Para desarticular a Los Zetas y para disminuir al máximo el número de muertos y damnificados de la guerra que el Presidente Felipe Calderón les declaró a los narcos en el 2006, Peña Nieto tendrá que abandonar la calamitosa estrategia de Calderón. Como ya he señalado, recurrirá a una alianza con Guzmán, el capo más poderoso del país. Peña Nieto debe saber que el Chapo es un paranoico muy inteligente. Ha colaborado con el gobierno de Calderón y con la mismísima DEA proporcionándoles información detallada que ha hecho posible la detención de narcos rivales y hasta de integrantes majaderos de su propio cartel. Peña Nieto, un político ferozmente pragmático, moldeable, acomodaticio, también sabe que el Chapo cuenta con inmensos recursos económicos, incontables informantes a sueldo en dependencias claves del gobierno mexicano y la policía, y una coalición armada que ha matado tantos Zetas como el ejército.
Joaquín Guzmán Loera ha sobrevivido a cinco presidentes mexicanos, legiones de procuradores y agentes antinarcóticos, la mano larga de la DEA y decenas de delincuentes enemigos. Un pacto con Peña Nieto lo liberaría de una persecución gubernamental que, a ratos, ha sido más teatral que genuina. Además, si ayuda a liquidar a los Zetas, podría expandir sus territorios, conquistando los feudos que el adversario ha perdido. Con el beneplácito del nuevo presidente Guzmán tendría la oportunidad de imponer, bajo su tutela, una paz armada deseada por muchos mexicanos hastiados de la violencia. Una paz que sería ventajosa para los negocios de casi todos los interesados: los traficantes aliados de Guzmán, los funcionarios públicos corrompidos y las personas comunes y corrientes viviendo de los narcodólares que a Joaquín El Chapo Guzmán le sobran.

























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