En días pasados, Thomas E. Ricks defendía desde la página de opinión del New York Times la necesidad que tenía Estados Unidos de reimponer el Servicio Militar Obligatorio. El autor que es miembro del Center for a New American Security y conocido por su oposición a las aventuras militares norteamericanas, particularmente la guerra de Irak proponía la conscripción como un medio de abaratar el presupuesto del Departamento de Defensa, hacer participar masivamente a un ejército de jóvenes en trabajos comunitarios y como una disuasión contra la guerra. La posibilidad de que se derramara la sangre de soldados forzosos aumentaría los escrúpulos de políticos y militares de acudir a las armas.
Durante años he creído que fue un error que Estados Unidos aboliera el servicio militar obligatorio y comparto lo que al respecto dijo, en junio pasado, el general Stanley A. McChrystal y que Ricks cita al inicio de su artículo: si una nación va la guerra todo el mundo debe tener su piel en juego. La responsabilidad colectiva de una empresa bélica, el que se perciba como un empeño de todos, es parte importante de la salud de una sociedad, como demostró este país durante la segunda guerra mundial; pero convertir el reclutamiento forzoso en una inhibición o una atadura me parece un contrasentido en una nación que, por su propia posición en el mundo, está obligada a hacer la guerra con relativa periodicidad.
Es cierto que Estados Unidos la república que los próceres fundadores concibieran como una arcadia incontaminada de los males de Europa hace mucho que es un imperio con el más formidable aparato militar de la historia. En ese punto de definición puedo coincidir con Castro y con Chávez. Salvo que yo creo que este es un imperio extraordinariamente benévolo y útil, garante de la libertad y la prosperidad en el mundo, y sólo es de lamentar que no crea más profundamente en su destino imperial y no ejerza con más determinación sus poderes.
Ahora mismo, es la fuerza de Estados Unidos la que mantiene a raya la locura de los ayatolás de Irán y la que garantiza el libre tránsito del petróleo por el Golfo Pérsico del que depende gran parte de la energía que mueve al mundo. Es la fuerza de Estados Unidos la que contiene los impulsos criminales de los comunistas norcoreanos. Fue Estados Unidos quien contuvo y desmoralizó el avance soviético, a pesar de los fiascos de Vietnam y de Cuba.
Estos fiascos, como también en parte los resultados de las recientes campañas de Irak y Afganistán, no se deben, en mi opinión, a la puesta en práctica de una política imperial; sino a la cautela o la mesura con que esa política se ha llevado a cabo. Como alguna vez he dicho, no pecó Washington por exceso, sino por defecto, por no emplear en estos proyectos el abrumador número de efectivos que la situación exigía, y que habrían imposibilitado el surgimiento de cualquier subversión, y por no haber impuesto en Irak y Afganistán una ocupación más estricta como lo hizo en Japón y menos tolerante con los elementos díscolos. Que un enemigo como Muqtada al-Sadr siga vivo e incordiando en Irak es una imperdonable deficiencia. Lo mismo podría decirse, y con muchísima más razón, de la supervivencia del régimen castrista.
Si algo precisa Estados Unidos en este momento de su historia es de mayor determinación política y, mientras no llegue el momento en que los robots sustituyan a los hombres en el campo de acción, de mayor número de soldados. Este último fin acaso exija la reimposición del servicio militar obligatorio, pero no para contar como propone el Sr. Ricks con un ejército de hacendosos reclutas que aporten mano de obra barata en nuestros municipios, sino para engrosar significativamente las tropas de combate y ocupación en las próximas guerras.
© Echerri 2012

























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