(Carta escrita en inglés.) Apreciado Mr. Rosenow: Trabajo con un amigo quien lee su columna en la Internet desde [el estado de] Colorado. Nos gustaría cualquier consejo que usted pueda proveer en relación a la siguiente situación.
El individuo vino a este país hace 10 años, a la edad de 18, con uno de sus padres a visitar a sus abuelos quienes eran residentes legales. Los abuelos biológicos ya fallecieron. El padre se marchó dejando al joven aquí para una estadía de 6 meses. Otro familiar del joven hizo arreglos para que el joven trabajara utilizando una tarjeta de residente. Esto le permitió al joven enviar una suma sustancial de dinero a su familia para ayudar a otros miembros de la misma a completar educación universitaria y finalizar un divorcio.
Este individuo está ahora planeando casarse con una ciudadana americana y le gustaría legalizar su estatus. Un factor de complicación es que cuando el padre se fue hace 10 años, alguien les dijo que entregaran el I-94 del joven y así lo hicieron. El padre y otros hermanos del joven han estado aquí de visita y ellos siempre regresan a México. El joven en referencia nunca ha salido de EEUU. Este joven nunca ha cometido crimen alguno y él habla inglés muy bien.
Su ayuda o referencia a otro profesional en referencia a este asunto es altamente apreciada. Sinceramente,
Deidra E. Megmen
Arvada, Colorado
Gracias por escribirme y relatarme los detalles sobresalientes del caso del joven amigo compañero de trabajo que arribó a EEUU 10 años atrás y cuya trayectoria inmigratoria ha sido desde entonces tan irregular como pintoresca.
Definitivamente, el desentrañar la situación del “individuo” (como usted lo llama) y encarrilarlo mediante su legalización por su inminente matrimonio con una ciudadana de este país, no es “cosa de cantar y coser”, como solía decir un antiguo refrán español. El referir la consulta y el caso a mi persona, un abogado de inmigración con su práctica asentada en la distante Florida, debo agradecerlo en cuanto a la distinción que usted me hace, pero al mismo tiempo debo declinar ese honor por lo impráctico de asumir una responsabilidad que, en términos de fuerza mía y gastos suyos, consideraría quijotesco asumir.
Aunque nuestra profesión es federal y podemos por lo tanto ejercerla en cualquiera de nuestros 50 estados, cada uno de ellos tiene un Bar (Colegio de Abogados) local con profesionales capacitados para encargarse de casos que predominan en ese estado en particular. Sólo un archimillonario excéntrico que, por alguna razón misteriosa, insistiera en que su caso del frío estado de Colorado se lo condujera un abogado desde nuestra soleada Florida, solicitaría mis servicios profesionales, los cuales yo no se los negaría sino que se los cotizaría en un mínimo de... US$ 250,000, 50 por ciento adelantados en cash... Absurdo, ¿verdad?
Thank you, anyway (por su carta en inglés) y le deseo el mayor de los éxitos. Escríbame otra vez, con buenas noticias...
CARTAS MISTERIOSAS... E IMPUBLICABLES: Inevitablemente, entres los cientos de consultas que recibo en mi correo mes tras mes, alguna misiva aislada destila veneno hacia mi persona ó, peor aún, hacia ciertos y determinados de mis lectores.
Esta semana no fue la excepción. Una carta manuscrita, sin firma de nombres (excepto “M.V.” y “J.M.” (abreviaturas mias) constituyó una gratuita y detestable diatriba en contra todos “los cubanos” que, actuando yo en Miami, Florida, conforman lógicamente el grueso de mis consultantes. Según estos dos semianónimos denostadores, todos los cubanos irán al infierno, donde –digo yo—los estarán esperando... ¡estos dos comentaristas! Termina la venenosa carta con la imprecación de que yo “debo cerrar la columna e irme para Colombia”, entre otros deseos devastadores...
¡Pobrecitos! Me provoca mandarles por correo una botellita de miel para que endulcen su amargosa boca... Y gracias una vez más a mis incontables amigos cubanos, que continúan estimulándome con sus inmerecidos elogios, su paciencia y su comprensión.
Contra el consejo de estos dos afiebrados lectores, seguiré en mi tarea semanal, siempre citando a mi admirado comediante argentino Luis Sandrini (que Dios lo tenga en Su gloria): “Mientras el cuerpo aguante, ¡la voluntad no ha de faltar!”...
MANFRED ROSENOW es un abogado y periodista de Miami especializado en temas de inmigración.
Escríbale a El Nuevo Herald, 1 Herald Plaza,
Miami, FL 33132



























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