La exhibición anual DCG Open, en David Castillo Gallery cuenta con artistas -en su mayoría emergentes- del Sur de la Florida. Este año, el curador Brandi Reddick explora fronteras y variaciones del concepto de escultura extendiéndolo hasta el espacio mental y afectivo de las relaciones y flexibilizando la noción de lo tridimensional. Los artistas escogidos son: Nellie Appleby, Jessica Arias, Kevin Arrow, David Brieske, Martin Casuso, Matu Croney, Dinorah de Jesús Rodríguez, Karen Starosta-Gilinski, Juán José Griego, Moira Holohan, Alma Leiva, Lucinda Linderman, Andrew Nigon, Jonathan Rockford, Carrie Sieh, Sleeper, Valeria Yamamoto y David Zalben.
Varias piezas indagan en el ser y la identidad en un tiempo donde la relación entre información y conocimiento es inversamente proporcional a la sensación de certidumbre. Karen Starosta-Gilinski construye un sofá con una estética del desajuste -está desequilibrado, roto, lleno de tuercas- y un zapato de cuero masculino en directa relación con el título: I´m Perfect. La autoafirmación hace mirar la obra con una sonrisa cómplice, y aceptarla.
En el certero autorretrato de Juan José Griego titulado Vanitas, su cuerpo, dividido en cabeza, tronco y extremidades, aparece en tres pantallas de televisores desactualizados ensayando movimientos que no acaban de coordinarse. El humor unifica la construcción fragmentaria de la propia imagen. Kevin Arrow monta en una caja de luz un retrato suyo durante sus últimos días de trabajo en la oficina del MOCA, donde permaneció 15 años. Rodeado de un maremágnum de libros, archivos, retratos suyos en compañía de familiares y grandes personajes, aparece junto con un notable artista posando en esa atmósfera demasiado llena. Más allá del momento autobiográfico, Arrow retrata un imaginario del mundo del arte en la ciudad, y de la paradoja entre saturación y urgencia de vacío. Dinorah de Jesús Rodríguez hace por su parte un video con una edición manual combinando con certera ligereza clásicos como Frankenstein y Betty Boop, y la narrativa de Alicia a través del espejo, todas piezas exploratorias de la identidad y las estrategias -a menudo fallidas- de adaptación a mundos donde se es extraño.
Una de las mejores obras es la pieza de Carrie Sieh de la serie Chaos/Control, en la cual usa patrones visuales como un modo de observar esquemas de conducta. Las fotos, tomadas por ella, fijan instantes de intimidad física en atmósferas vulnerables. Sobra la construcción de la imagen en collage, reflejo de procesos en la creación de vínculos, hace bordados aludiendo a la repetición de patrones en las relaciones sentimentales. Aprendió el tejido de su abuela paterna, en un tiempo de conflictos inter generacionales. Frente a la fragilidad afectiva de la escena, los patrones introducen un espacio de control. Varios trabajos de esta serie revelan en el revés las puntadas que la artista hace para hilar imágenes unidas a su memoria y experiencia vital. Ese “tejer” con la intimidad afectiva da forma literal a otra bella pieza: C’est La Vie, de David Zalben, quien hace una instalación con un texto escrito en alambre tras el fin de un encuentro amoroso. Las palabras formadas en metal se descuelgan y caen enrolladas hasta hacerse ilegibles, transmutadas en pura forma, aunque surgen del gesto de transformar el dolor en una pieza capaz de infundir deleite, y que de todas formas, sigue siendo “un poema escrito en la pared para que todos lo vean”.




























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