El tema de la familia, de la casa donde transcurrió la infancia, es recurrente, casi un lugar común en la literatura cubana de todos los tiempos. Muchos libros, en prácticamente todos los géneros, se han ocupado de la cuestión como asunto central o como fondo. En muchos casos, el producto final es una dulzona mirada retrospectiva; en no pocos, para bien o para mal, un ajuste de cuentas con el pasado. Sin embargo, no me viene a la memoria -en la literatura cubana, reitero-, ningún libro de poesía dedicado íntegramente al tema de la casa familiar, eso que llamamos hogar con todas sus consecuencias. Un texto donde ese espacio lleno de muebles y recuerdos se convierta en lo más sagrado dentro de lo más sagrado, el “sanctasanctórum ” de la existencia; donde las huellas de los objetos y de los seres que habitaron la infancia en ese sitio, posen para la mirada, silenciosos, disminuidos o agigantados por el tiempo y la memoria.
Eso es lo que, a mi modo de ver, se propone Sanctasanctórum (eRIGINAL Books, 2012) de Jesús Alberto Díaz Hernández (Pinar del Río, 1971), y el resultado es un libro sorprendente, muy distinto a lo que con frecuencia solemos encontrar en otros autores que han abordado el tema. Díaz Hernández no edulcora el ambiente. Tampoco lo embellece. Ya desde el comienzo, en la misma puerta, percibimos que hay olores que no quisiéramos sentir y que, sobre un retrato, “en la butaca de la sala dibuja el polvo una pirámide”. Hay “una araña que urde sus quehaceres en el cuadro del sagrado corazón”, fantasmas que se persignan, “un fuerte olor a chícharo” que “traspasa las paredes” y “una imagen que se oxida”. Los marcos de las ventanas están podridos, existen manchas en las paredes. Entre las sombras, sillas desvencijadas, una mesa, un reloj, un espejo, un sofá en ruinas y, claro, no podía faltar, el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. Un mundo unificado por el polvo, por las telarañas que tejen su pátina entre las hormigas y el deterioro natural; por la podredumbre. Se camina a tientas entre los espectros -cada lector puede aportar los suyos, sustituirlos por sus propios fantasmas y así una tía o una abuela cambian la apariencia- y el visitante cierra los ojos pues no los necesita para ver.
Se palpa la soledad porque la casa está vacía, abandonada, a oscuras. Sólo las moscas, las arañas, el comején y otras alimañas se pasean entre los desechos de lo que fue un hogar. No hay nada más triste que una casa vacía/ sucia de recuerdos, de sombras,/ donde la luz es un sueño inalcanzable/ y el desamparo engendra hijos/ que mueren al nacer. Entonces, a pesar o por ello, el poeta saca de lo más profundo de su pecho los pedazos de lo que fue y comienza a cantar sus particulares elogios: a ese Sagrado Corazón de Jesús que “se pudre en la pared”; al cuarto de la madre donde aún resuena la oración a San Luis Beltrán; al sillón de la sala con sus brazos “pintados de atardeceres”; a la mata de anón “donde converge la luz”; al televisor ruso “impregnado de tiniebla”; a la pila de agua del patio “condenada a cargar el peso de las llamas”; a la mesa del comedor, “la que conoce los presagios de los muertos”; para entonces, sentadas las bases, dar cabida a los muertos.




























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