En un año de pérdidas irreparables para el mundo de la música, la desaparición de la soprano Evelyn Lear cierra un capítulo vital de la interpretación lírica. Y la palabra vital quedará por siempre asociada a su temperamento arrollador, a su esencia de pionera a cualquier costo y actriz cantante que hizo época.
Tuve el privilegio de entrevistarla en 1993 a raíz del regreso de la ópera Lulu al Teatro Colón de Buenos Aires donde había debutado en 1965 con un éxito clamoroso. La viuda del compositor, Helene Berg, la había señalado como la definitiva vampiresa y sólo su recuerdo motivó a la revista a ilustrar la portada con ella en vez de la Lulu de turno de 1993. Era impredecible, indómita, tierna, vehemente, divertida, aún en sus setentas conservaba aquel aura femme fatale.
Como en sus inefables Master-Classes - y la Florida Grand Opera tuvo ese privilegio muchas veces- primaba su pasión incontenible, su certera intuición y una imprescindible urgencia al servicio de la música, para ella condición sine qua non del músico, y que la definían sin vuelta de hoja. Esa misma pasión la habían hecho marchar junto a su marido, el gran bajo-barítono Thomas Stewart, al Berlín de posguerra a perfeccionarse y amalgamar Europa con su esencia americana. Fue alumna de la húngara Maria Ivogün, maestra de Elisabeth Schwarkopf y, sin querer, fue una especie de Schwarzkopf a la americana con un toque de Elizabeth Taylor, gracias a sus ojos que motivaron otra Cleopatra, la de Handel. Ese casamiento de dos mundos dio resultados ejemplares, la legión de cantantes americanos que los siguieron va desde Marilyn Horne y Helen Donath a Thomas Hampson y Cheryl Studer.
Con el más encantador desparpajo disparaba sus dardos, en la redada podían caer Mozart (El más sexy para cantar, tanto que derrama aceite en las cuerdas vocales), Carlos Kleiber, Fritz Wunderlich, Herbert von Karajan (¡Pretendía que cantara Salomé y Sieglinda!) y Karl Böhm y Dietrich Fischer Dieskau con quienes grabó aquel incomparable Wozzeck que la catapultó al estrellato. Su Sprechgesang permanece insuperado, ninguna otra Marie se le acerca en la estremecedora dimensión de la lectura de la Biblia a su crío. En esos acentos particularísimos y pausas inimitables, Lear construía la actriz-cantante por excelencia fuese Berg, Strauss o Mozart, sus tres compositores favoritos.
A Berlín, Viena, Salzburgo, Londres, Munich, Buenos Aires, San Francisco, Chicago siguió el Metropolitan Opera neoyorkino, al que llegó algo tarde para deslumbrar como Lavinia, la Electra americana de Eugene ONeill vía Martin Levy y Michael Cacoyannis en 1967. En esa sala, dos años después era Octavian para la Mariscala de Christa Ludwig y como la Mariscala se despediría en 1985, para integrar la privilegiada nómina de cantantes que encarnaron las tres heroínas del Caballero de la Rosa (Sophie, Octavian y Marschallin).
Para esta intrépida todo-terreno, pronto se hizo sentir la inevitable decadencia vocal ocasionada por los rigores de la música contemporánea. Atrás quedaron Tatiana, Cherubino y la Condesa Almaviva, Donna Elvira, Judith, Emilia Marty, Desdémona, Tosca, Mimi, Alice Ford, Pamina, Fiordiligi, una notable Didon de Les Troyens (en inglés dirigida por Colin Davis) para dar paso a Stephen Sondheim, Offenbach, Kurt Weill y regresar una vez más a Lulú pero, como la Condesa Geschwitz.




























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