A través de generaciones, una palabra ha servido para definir el vínculo entre los participantes del ya legendario campamento de verano del Colegio de Belén en Miami: familia.
Niños que apenas van al campamento por primera vez, chicos que fueron campistas y después consejeros, padres que asistieron hace décadas y ahora llevan a sus hijos, todos ellos tienen una relación estrecha con el campamento.
“Todos mis amigos, mis amigos verdaderamente cercanos, son del campamento”, declaró Melanie Roca, quien empezó a ir a Belén a los 4 años.
Roca, ahora de 21, es supervisora de consejeros y lleva casi toda su vida ligada al campamento, cuyo nombre oficial es Campamento de Verano Wolverine, y se encuentra localizado en el 500 de la avenida 127 del suroeste, en Tamiami.
Esta institución de Miami-Dade cumple 29 años de formar lazos entre sus asistentes. En el 2013 celebrará su trigésimo aniversario con un festejo, el cual apenas comienza a ser planeado.
El éxito del campamento se debe en buena medida a Carlos Barquín, profesor de Educación Física, que lo fundó en 1983. Barquín, que llegó al sur de la Florida en 1962 como uno de los niños de la Operación Pedro Pan, lleva educando a jóvenes en Belén desde hace 43 años.
“Yo tengo la filosofía de que los niños tienen que estar haciendo algo que sea bueno y sano”, comentó a El Nuevo Herald.
A principios de la década de 1980, Barquín puso su filosofía en práctica. Le pidió permiso para abrir el campamento al padre Sergio Figueredo, quien en ese entonces dirigía el colegio.
“El primer año la meta era tener 300 niños, y terminamos con 400 y pico,” explicó.
El Colegio de Belén no estaba del todo preparado, así que Barquín tuvo que improvisar.
“Teníamos una de esas piscinas portátiles, chiquiticas, y la pusimos en el patio central para los niños pequeños. A los mayores los llevaba en un autobús a Tamiami Pool”, relató.
Desde entonces, el colegio y el campamento han incrementado su tamaño de forma considerable. El campamento recibe poco más de 1,000 niños cada año, y el colegio ahora alberga cinco canchas de tenis, un campo de fútbol americano, dos campos de béisbol y una piscina. En los planes futuros está expandir las instalaciones para construir una piscina olímpica. Todo en un espacio de 30 acres.
El campamento, que abre su registro de inscripción en marzo, tiene un costo de $1,070 por niño, y dura siete semanas.
A pesar de su enorme crecimiento, las metas del campamento siguen siendo las mismas. Barquín busca que los jóvenes de Miami-Dade se mantengan ocupados durante el verano, para evitar que caigan en lo que él llama “cosas que no deben”.
Para ello, el campamento intenta ser un complemento a la educación y cuidado que los niños reciben de sus padres.
“Nadie puede remplazar el cariño y el amor de los padres, pero hay que tratar de llenar de alguna forma ese vacío que existe durante el verano”, explicó.
Ese vacío se llena, en parte, con los más de 200 consejeros que trabajan cuidando a los niños de lunes a viernes, de 8:30 de la mañana a 4:30 de la tarde. Barquín los emplea para mantenerlos ocupados, permitirles ganar algún dinero y prepararlos para el mundo laboral.






























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