En julio pasado, el director artístico del Miami City Ballet, Edward Villella, estaba disfrutando del mayor triunfo de su carrera. Noche tras noche, la compañía que él puso en marcha desde una tienda de Lincoln Road, hace 26 años, disfrutaba de las ovaciones estruendosas de las multitudes que llenaban los pisos del Theatre du Chatelet, de París.
Esas tres semanas en París superaron el anterior momento de auge de Villella: 22 llamadas a escena en Moscú durante la gira con el New York City Ballet, en el apogeo de la Guerra Fría.
Nunca he experimentado nada como esto, dijo Villella desde su camerino en París. Me siento jubiloso y feliz, y muy orgulloso de nuestros bailarines. Estamos operando en los niveles más altos.
Pero los elogios terminaron abruptamente cuando Villella y la compañía regresaron a casa. El ballet tuvo un déficit de más de $1.5 millones, y se encontraba en una de las peores crisis financieras de su historia.
Un grupo de poderosos miembros de la junta sintieron que la pasión de Villella por su arte y su grupo había socavado las finanzas de la empresa, y alejado a tantos donantes clave, que la supervivencia del conjunto estaba en juego.
Enfrentaron al director, de 75 años de edad, con una elección difícil: renunciar a su contrato actual y acceder a retirarse en la primavera del 2013, o la empresa se vería obligada a declararse en quiebra.
Los abogados estaban listos para redactar los documentos. Se le dieron unos días para decidir. Con su compañía, y con su propio futuro financiero en riesgo, Villella accedió.
El 22 de septiembre, anunció su partida a los asombrados bailarines, leyéndoles una declaración escrita.
El tenía un nudo en la garganta, y se tragaba las lágrimas, recuerda una de las bailarinas. Todo el mundo estaba en estado de shock. Era muy evidente que esto no era su elección.
La carrera del hombre que había llevado al Miami City Ballet a las cumbres del mundo de la danza -y puesto en alto el nombre de la ciudad en todo el país- había terminado en Miami.
La ruptura pone fin a años de tensión entre Villella y la junta directiva, en un momento en que la compañía ha alcanzado un éxito sin precedentes: un debut aclamado por la crítica de New York en el 2009, las actuaciones en París, un debut en la televisión nacional en PBS en el otoño pasado, y los estrenos exitosos de dos ballets de coreógrafos internacionales de primera línea en la temporada pasada.
El conflicto también ha expuesto el ambiente frecuentemente áspero y cambiante del patrocinio de las artes, con sus choques de personalidades y sus tácticas duras, que dio por resultado la salida de Villella. Y ha provocado amargas discusiones tras el telón sobre el futuro del grupo de artes escénicas más reconocido del sur de la Florida.
Todo el asunto fue un mal asunto, dice una integrante de la junta, Francinelee Hand. Hay mucho enojo y resentimiento, y nadie está dispuesto a decir nada.
Existiendo un acuerdo de confidencialidad, Villella no quiso hacer comentarios para este artículo.
Sin embargo, los documentos financieros obtenidos por The Miami Herald, y entrevistas con más de 20 miembros de la juna directiva, empleados actuales y anteriores, bailarines y donantes, trazan el cuadro de un choque entre un hombre impulsado por la visión del triunfo de su arte, y un grupo de patrocinadores influyentes convencido de que la pasión de Villella había llevado a la compañía más allá de sus límites financieros.






























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