Cuando en esta ciudad los únicos teatros en los que se presentaban artistas hispanos eran el Dade County Auditorium, el James L. Knight Center y el Jackie Gleason de Miami Beach, los precios de los boletos eran de $20 para la platea, $15 para el mezzanine y $10 para el balcón.
Todavía no habían aparecido las compañías de ventas de boletos por computadoras con el azote de sus abusivos convenience charges y a los teatros no se les había ocurrido aun cobrar (no todos lo hacen, es cierto) sus recién inventados facility fees. Los boletos se compraban en las taquillas de los teatros, en algunas tiendas de discos y hasta en una florería de La Pequeña Habana. Y no había cargos adicionales.
Era una época feliz para el público que asistía a los conciertos de Julio Iglesias, Raphael, Rocío Jurado, Paloma San Basilio, Dyango, Isabel Pantoja, Rocío Durcal y otros, sin necesidad de sacarle una segunda hipoteca a la casa. Los precios eran tan económicos que después de los conciertos las familias todavía podían ir al Versailles y ordenar una medianoche y un café con leche.
Es verdad que los tiempos han cambiado. Todo ha subido: los alimentos, la ropa y la gasolina. Pero lo de los precios de los conciertos y los cargos por servicios que le añaden, es escandaloso. Por ejemplo, un matrimonio que se hubiera propuesto ver al grupo Maná en un buen asiento en el primer nivel en mayo pasado, hubiera tenido que pagar $359.60. Y si se le ocurría invitar a la tía que estaba de visita, el desembolso hubiera sido de $539.40. Desglosemos la cifra: tres boletos a $158.00 cada uno son $ 474.00. Y tres cargos de servicio a $ 21.80 son $65.40. Un total de $539.40. Eso sin contar el parqueo ni un par de copas de vino que se tomen antes del comienzo del espectáculo. No voy ni a pensar en el descalabro económico que significaría para ellos “ir a comer algo” al Bayside después del show. Y aunque había otros boletos más económicos (lejos del escenario, claro) a $138, $118, $92, $71 y $40, más el cargo de servicio correspondiente, éstos no eran tan baratos después de todo.
Pero no es solamente el grupo Maná; son todos. Cuando Roberto Carlos se presentó el mes pasado en el American Airlines Arena, estos eran los tres precios: $119.50 + 18.60 ( convenience charge) = $138.10; $99.50 + 17.10 = $ 116.60; $69.50 + 15.85 = $85.35. Es abusivo. Sobre todo sabiendo que no cobran lo mismo en otros países. Cuando Paco de Lucía se presentó hace poco en el Fillmore de Miami Beach, los boletos costaron $100, $75, $50 y $25 (un respiro, al fin), sin contar el “servicio”. Hasta Charlie Zaa ha subido los precios. El 15 de septiembre, para escuchar viejos boleros de Orlando Contreras, habrá que desembolsar $95.00 + $7.35 (cargos de servicios) + $3.00 ( facility fee que cobra el Dade County Auditorium) = $105.35.
¿Hasta cuándo seguirán subiendo los precios? No sé. Quizás hasta que el público se canse de ser abusado, los conciertos comiencen a quedarse vacíos, y los promotores empiecen a perder dinero. Pero, ¿quiénes son los culpables de todo esto? Ciertamente no son los pobres fans, que pagan lo que no pueden por ver a sus artistas. Tampoco los promotores, quienes se ven obligados a subir los precios de los boletos para compensar sus ascendentes gastos. En mi opinión, los culpables son los artistas. No sólo por las astronómicas cifras que les cobran a los promotores por cada concierto, sino también por sus ridículas exigencias contractuales que no hacen sino encarecer el espectáculo. Hay algunos que piden que en los camerinos haya 200 toallas, decenas de botellas de agua Fiji, té negro y verde de la marca Throat Coat y frutas frescas. Otros reclaman espejos de cuerpo entero, velas blancas sin fragancia, bandejas de quesos y botellas de vino Opus One, de la cosecha del 2005. Los más atrevidos exigen un equipo de masajistas para relajarse antes de salir al escenario.
Desafortunadamente, las cosas no cambiarán. Al contrario; cada año será peor. Los artistas cobrarán más por presentarse y los promotores volverán a subir los precios para no perder dinero. Sin embargo, los conciertos seguirán llenándose. Y así será mientras el público siga pagando sin protestar y en silencio. Como los corderos cuando son llevados al matadero. •
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