La caída estrepitosa del bloque socialista en 1989 de la cual fuera epítome -y metáfora visual insuperable- el derribe del muro de Berlín, se instala como nítida línea decantadora entre las denominadas eras comunista y postcomunista; entre el mundo bipolar marcado por la guerra fría y la globalización.
El caso cubano no es una excepción y pese a que Raúl Castro haya ratificado al Partido Comunista de Cuba (PCC) como fuerza dirigente superior de la sociedad cubana en el sexto Congreso del PCC en enero del 2012, lo cierto es que la inoperancia ideológica y económica de la revolución cubana, así como su descrédito a nivel social, marcan las pautas fundamentales que evidencian la existencia de una era postcomunista en Cuba.
Designing Post-Communism: recent political imaginaries in Cuban Contemporary Art (Diseñando el Post-Comunismo: recientes imaginarios políticos en el arte contemporáneo cubano), constituye una primera aproximación al tema. La muestra, curada por Gerardo Muñoz, incluye piezas de cuatro artistas cubanos: Filio Gálvez, Hamlet Lavastida y Rodolfo Peraza y Ezequiel Suárez.
Con la excepción de Ezequiel Suárez (La Habana, 1967), quien reside en La Habana y cuya obra se hizo conocida hacia finales de la década de los años 80, los otros tres artistas, nacen en la década de los años 80, bajo el signo de la Glasnost y la Perestroika que en el caso cubano tendría como paralelo el denominado Período de rectificación de errores y tendencias negativas. Los tres, además, viven y trabajan fuera de la isla y encarnan esa generación más reciente de las artes plásticas cubanas, hijos directos de la utópica transformadora de los años 80 y el despecho cínico de los años 90.
Si bien, la línea de deconstrucción de la retórica visual socialista en la que se inscribe la obra de estos tres artistas es parte de un cauce latente desde el comienzo mismo de la revolución y donde sobresalen figuras como Antonia Eiriz, Rubén Torres-Llorca, Glexis Novoa, José Ángel Toirac, Tania Bruguera y Alberto Casado, entre otros, lo peculiar aquí es que Gálvez, Lavastida y Peraza tienen un total desapego emocional hacia estos íconos visuales a los que se acercan con curiosidad cuasi antropológica ¿o de taxidermista?, procurando mientras hurgan en la carcasa desmantelar la lógica inmanente que subyace tras los escombros de un aparato ideológico-visual que otrora ejerciera una fascinación colectiva.
Para ello, Hamlet Lavastida (La Habana, 1983), se apropia de uno de los estatutos definitorios de la política cultural cubana dentro de la revolución: el discurso pronunciado por Fidel Castro en el Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971. Para ello, Lavastida reproduce fragmentos del discurso horadando con la ayuda de un X-acto. El resultado es una secuencia monocroma de esténciles que tapiza la pared, creando una peculiar instalación de carácter conceptual en la que el hueco de la caligrafía se hace eco del vacío que subyace tras la megalomanía del discurso.
Como complemento a esta obra, Labastida presenta una vitrina con una selección de documentos de la época. Entre ellos el libro-memoria Cuba71, memoria del Congreso de Educación y Cultura así como fotos de época que evidencian la obnubilación ejercida en la época por la revolución cubana.




























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