Siempre he admirado el talento y la belleza de Glenn Close. Cuando me enteré en 2007 que comenzaba una serie de televisión, Damages, anoté en mi agenda canal y hora para no perdérmela. Desde el primer capítulo quedé fascinada con el personaje, que sólo Glenn Close podría interpretar. Pero además, la trama que se enredaba y hechizaba con cada capítulo, el magistral montaje del opening –que nunca me perdí– y la canción-tema, inolvidables: “ Little lamb... Smile! When I am through with you, There won’t be anything left”. Se ha ganado premios Globe y Emmys muy merecidos. Con este programa la televisión le hace compañía al cine en ocupar el lugar del séptimo arte.
En Damages, la trama es aparentemente sencilla: la brillante Ellen Parsons (interpretada por Rose Byrne) acabada de graduarse de abogada, consigue trabajo en la mejor y más poderosa oficina de abogados de Nueva York, la que dirige Patty Hewes (Glenn Close). Parsons se convierte rápidamente en la protegida y favorita de la dueña de la empresa, la implacable Patty. “Pero nada es lo que parece”. Y esta cita define de principio a fin la serie, que empezó en Fox y ahora se transmite por el Audiencer Network, Canal 239, de Direct TV los miércoles a las 9 p.m.
La tentación casi me arrastra a seguir escribiendo de este programa, pero lo que quiero dar a conocer hoy, aquí, es quién en realidad es la villana-en-el-cine Glenn Close. Se trata de un ser profundamente humano, admirable. La hermana de Glenn, Jessie, es bipolar, una enfermedad de origen cerebral determinada por la vulnerabilidad genética –se hereda en la familia– y que por lo general se dispara por eventos estresantes en la vida del individuo. Su sobrino, Calen, es esquizofrénico. Y Glenn, la matriarca amorosa de su familia, ha decidido ir de frente y luchar con todo lo que tiene para que se entienda qué son las enfermedades cerebrales –como la depresión y la ansiedad, entre otras, en realidad no son “trastornos” mentales–, nacen de desbalances de los neurotransmisores en el cerebro. Eliminar la discriminación, el estigma, la falta de entendimiento y sensibilidad social para con estos enfermos es lo que se ha propuesto Glenn Close al fundar hace relativamente poco Bring Change 2 Mind, bringchange2mind.org. Un padecimiento de orden cerebral, aunque no sea curable, se puede tratar con los medicamentos y el plan adecuados. Lo mismo que si fueran personas cardíacas, diabéticas, etc. Estos enfermos pueden vivir una vida casi al ciento por ciento normal en cuanto a relaciones personales, trabajos, vida familiar, matrimonio, etc.
Tarde vine yo a saber yo que era bipolar. Y desde que lo supe, hace dos semanas, he investigado mucho sobre el tema y ya no tengo dudas de que el psiquiatra tiene razón. Me ha dicho que no va a descartar la bipolaridad de mi diagnóstico porque tengo casi todas las características de una persona con esa enfermedad. Al principio me negué a aceptarlo, fundamentalmente por ignorancia, tuve miedo también, ¿qué significaba esto? Pero a medida que fueron pasando los días y pensaba, y daba un lento y detallado recorrido por mi vida, viendo el paisaje a distancia, me di cuenta de la verdad. Fue una epifanía largamente anhelada. Comprender el por qué de tantas cosas que he hecho en mi vida sin saber a fondo la razón, dejada llevar por el impulso, el influjo, la pasión. Y ha habido tantas pasiones patrióticas, amorosas, eróticas, misioneras, buscadoras de la justicia y la paz y la reparación y los derechos humanos, que me han hecho cometer lo que algunos podrían calificar de imprudencias. Por primera vez no me siento culpable de ciertos actos que desde joven –se es bipolar desde la adolescencia o la juventud– he realizado, y que han hecho sufrir a otros y a otras, más que nadie a mí. Pero yo estaba enferma, era una paciente de un mal grave sin medicamentos. Soy un milagro, podría estar peor.
La fe me ha salvado. Dios ha estado conmigo siempre. Es hora de que mire con compasión mi complejo tejido y el don de la vida. Acaso sin ese mal no hubiera llegado a este camino en que ando desde hace tiempo, que es la transformación en Cristo, a lo que estamos todos llamados. Yo lo tomo en serio.
Termino dirigiéndome a los jóvenes: que nadie con padecimientos cerebrales se sienta culpable, porque a nadie se le culpa de tener cáncer.


























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