ANTIOQUIA -- Para escapar de un gobierno al que obedeció hasta que le dio una orden que no pudo cumplir, el capitán Ajmed Trad, un piloto en la fuerza aérea siria, necesitaba un plan: ¿cómo cruzar rápidamente, como por arte de magia, una frontera sin dejar familia atrás?
En reuniones apresuradas del piloto y sus padres, así como conversaciones indirectas en teléfonos celulares, evadiendo lo que les preocupaba pudieran ser llamadas monitoreadas, la familia Trad estableció una hora y un sitio para que se reunieran todos y huyeran.
Ahora, seguros en Turquía, donde proporciona información a los rebeldes y los ayuda a planear los ataques, Trad representa uno de los grandes retos para el gobierno del presidente Bashar Assad y su ejército.
El gobierno sirio pertenece a la minoría alauita. Sin embargo, gran parte de la administración y capacidad militar dependen de los burócratas, soldados y oficiales sunitas, como Trad, cuyo alejamiento ha aumentado y existe el riesgo de que se incrementen las deserciones a medida que la guerra interna en Siria adopta tonos sectarios más profundos.
Los oficiales que han desertado del ejército sirio tienen una función enorme en la oposición armada desde el comienzo de la guerra el año pasado, y dirigen muchas de las unidades de campo del Ejército Libre de Siria, la fuerza antigubernamental aglutinadora. Aunque las habilidades de los pilotos desertores de la fuerza aérea tienen menos aplicaciones directas para los rebeldes (que no tienen aviones), la decisión de unirse al levantamiento equivale a una victoria tanto moral como de relaciones públicas para los rebeldes y debilita la fortaleza militar de Assad.
Trad, entrevistado con varios familiares en una aldea cercana a esta ciudad, junto a la frontera turco-siria, dijo que decidió desertar el año pasado, y esperó la oportunidad. Cuando escaló la violencia contra los ciudadanos sunitas esta primavera, decidió que ya no podía seguir sirviendo.
Trad es piloto de helicópteros Mi-17; dijo que su aeronave estaba equipada para disparar cohetes. Se acusó a fuerzas pro Assad de cometer asesinatos de musulmanes sunitas por motivos étnicos en Hula, y, conforme adquirían fortaleza las fuerzas de oposición, principalmente sunitas, sus comandantes ordenaron al escuadrón de helicópteros de Trad que atacaran ciudades donde la resistencia era fuerte, incluida Idlib, la ciudad de origen de su familia.
“Se nos dijo que los bombardeáramos, y nosotros no lo aceptamos”, dijo. “¿Bombardear qué? ¿A mi ciudad y mis amigos?”.
Trad dijo que todavía no dispara un arma en la guerra; declaró que transportó tropas y suministros, y lo asignaron a proteger a sirios importantes.
Trad viajó a Alepo, engañó a su comandante y al Ejército en el camino, y se preparó para cruzar apresuradamente la frontera con su familia. Una vez en Alepo, se reunió con Mohamed, uno de sus hermanos y piloto de entrenamiento de L-39, asignado a una academia de la fuerza aérea ahí, pero había estado convaleciente de heridas de las esquirlas de una bomba que le pegó al autobús de oficiales en abril.
La familia, extensa –15 personas en total, incluidas cinco mujeres y cuatro niños– esperaba, también, lista para salir disparada hacia el norte, a la frontera, un viaje que se hizo en múltiples coches con un explorador que iba al frente para detectar retenes y patrullas, y transmitir la información por teléfono celular. “Fue como un operativo”, dijo Thaer Trad, otro de los hermanos.






























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