Opinión

CARLOS ALBERTO MONTANER: Los tres misterios de Hugo Chávez

 
 

Partidarios del presidente venezolano, Hugo Chávez, alzan un retrato del mandatario durante una concentración electoral en la ciudad de Barquisimeto, realizada el pasado 14 de julio.
Partidarios del presidente venezolano, Hugo Chávez, alzan un retrato del mandatario durante una concentración electoral en la ciudad de Barquisimeto, realizada el pasado 14 de julio.
Ariana Cubillos / AP

Cuando le preguntaron a Churchill sobre cierto aspecto de la política exterior de la URSS dijo, en clave de humor, una frase memorable: “Se trata de una incógnita envuelta en un misterio rodeado de un enigma”.

Algo de esto sucede con el venezolano Hugo Chávez. Y la primera de las perplejidades tiene que ver con el cáncer que padece. ¿Se muere o no se muere? Según los síntomas corporales aparentes, no hay duda de que ha mejorado. Se le redujo la impresionante gorguera de grasa y cortisona que le nimbaba el rostro, ha vuelto a hablar incansablemente, canta, salta, insulta. Lo de siempre: delira, luego existe.

Pero hay otros síntomas más sutiles. Raúl Castro, que conoce las tripas de Hugo Chávez como la palma de su mano, salió a buscar plata y anudar alianzas con China, Rusia, Vietnam, y con cualquier país capaz de aliviar la crisis que supondría para la Isla el súbito fin del subsidio venezolano ante una eventual desaparición del pintoresco personaje.

Raúl es precavido. Su hermano previó el descalabro del comunismo soviético unos meses antes de que ocurriera, pero no hizo nada por paliar las consecuencias que eso tendría para Cuba. Entonces sobrevino la debacle. Raúl no quiere que el fin de Chávez lo sorprenda con los pantalones en los tobillos.

Pero hay más. La prensa cubana, al menos hasta ahora, no se ha atrevido a afirmar que Chávez está curado. Granma está calladito. El periódico oficial del gobierno de los Castro no quiere repetir el ridículo que hizo hace unos años cuando anunció la recuperación de Fidel y su inminente regreso al poder. Los periodistas y comisarios que lo perpetran saben que ninguna persona seria habla de la curación de un cáncer hasta cinco años después de terminados los tratamientos.

El segundo misterio es tanto de Chávez como de sus adeptos. Parece que sube en las encuestas. El país hace 14 años que está dividido a la mitad entre los que lo adversan y los que lo aman, separados por una rara franja de venezolanos políticamente frígidos, los ni-ni (ni una cosa ni la otra), congelados en un inocente gesto dubitativo.

No obstante, últimamente la aceptación de Chávez ha aumentado, pese a los graves problemas de inseguridad (19 000 asesinatos en un año), la inflación (la más alta de América Latina) y el desabastecimiento esporádico de bienes básicos de consumo masivo. Cómo y por qué se puede gobernar tan rematadamente mal y no pagar por ello un precio en las urnas es, realmente, un desafío al sentido común.

Pero tampoco es un fenómeno inédito. Perón nunca bajó del 70% de popularidad aunque hundió a la Argentina en la miseria. Como sucedió en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, los pueblos pueden conectar emocionalmente con un líder torpe y temerario que los lleva al desastre. Es una de las mil variantes del “Síndrome de Estocolmo” o el de la “Mujer maltratada”.

Acaso el tercer misterio, relacionado con el anterior, es el más extraño de todos: ¿por qué Hugo Chávez se mantiene fiel a una alianza absurda con Irán, Siria, Bielorrusia, Corea del Norte y otros Estados de la misma familia universalmente repudiada? ¿Por qué apoyó al dictador Gadafi hasta el último día de su tiranía?

Según denuncian los israelíes, Venezuela ayuda a Irán en su proyecto de construir armas nucleares. ¿Qué sentido tiene introducir a Venezuela en el peligroso avispero del Medio Oriente? ¿Por qué les inflige ese daño a sus compatriotas?

Es posible que Fidel Castro, padre y maestro mágico de Hugo Chávez, le haya comunicado su pasión por las aventuras internacionalistas y sus sueños por construir una alianza capaz de enterrar a Occidente. Pero si Chávez puede observar serenamente –algo así como pedirle peras al olmo–, descubrirá que lo único que su mentor caribeño consiguió, realmente, en más de medio siglo de delirios y batallas, fue enterrar a miles de cubanos en cementerios africanos y en cuanto paraje agreste le resultó propicio para sus locas fantasías de guerrillero planetario.

Así son los misterios. Pura irracionalidad.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela La mujer del coronel.

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