En una reunión de viejos amigos, los asistentes se intercambiaron tarjetas de presentación. De pronto, uno de los invitados dijo algo que provocó que los demás comenzaran a especular a sus espaldas, como si hubiera declarado un pecado mortal.
“No tengo correo electrónico para comunicarme con ustedes; eso de las computadoras no se me da, así que ni siquiera tengo uno”.
“¿Cómo dice?”, preguntó alguien. “Que no tiene correo electrónico”.
“Es que para mí es mejor vivir aislado de esa contaminación que significan las computadoras”, respondió el primero.
Me quedé helada. ¿Qué clase de negocio se puede tener en esta época sin que alguien lo pueda localizar por la internet? ¿De qué forma se comunica con otras personas?
Orgulloso, agregó: “Al no utilizar la computadora, mi vista no se me ha dañado, como a otros que tienen problemas por los años que llevan frente a los monitores”.
“No sé como abrir un correo electrónico”, dijo. “Nunca lo he tenido, ni me preocupa no tenerlo. Vivo mejor así y si quiero comunicarme con alguien, pues lo hago por teléfono, que para eso se inventaron esos aparatos”.
Entonces, mi mente se remontó por lo menos 25 años, cuando la vida aún estaba en un momento de transición con la llegada de toda la tecnología de la que hoy dependemos. Me comenzaron a asaltar algunas preguntas básicas: está bien, no tiene correo electrónico, no usa computadora, se encuentra aún en una edad laboral donde eso es necesario para sobrevivir, entonces, ¿en qué mundo vive?
Ha tenido la suerte de tener un empleo donde eso no es de vital importancia. Aunque no quiso decir a qué se dedicaba, sabemos que en su país, hace años, era abogado. La reunión terminó y la curiosidad me llevó a buscarlo por la internet. Inútilmente lo “googlié”: No hay una sola referencia a su persona, ni a su profesión.
No supe a qué se dedicaba, ni qué tal le ha ido y, por supuesto, si fuera un empleador en busca de contratarlo, tampoco sabría nada más de él.
Al día siguiente, hablé con otros invitados que estaban tan conmocionados como yo de aquel “extraño personaje”. “¿Habrá tenido problemas con la ley?”, sugirió alguien. Les respondí que no lo creía, porque entonces eso hubiera salido en la búsqueda que hice. Simplemente, estuvimos frente a alguien que vive fuera de esta época de tecnología.
Está bien, no existe para los propósitos de redes sociales y tecnología, pero eso no le interesa y parece vivir muy feliz, aunque “no exista” para los que dependemos de una computadora. ¿Qué tal?•























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