Opinión

SERGIO MUÑOZ BATA: Carta desde Weimar

 

Sentado en la sala de recepción del Hotel Elephant en Weimar, Alemania, leo en un periódico que Tobías Geistert, un obrero de 24 años que trabaja para la Mercedes Benz, está satisfecho con un aumento del 4.5% a su salario, en vez del 6.5% que pedía el sindicato. Pero no vaya usted a pensar que Geistert es un conformista. Él, al igual que todo el mundo, hubiera querido mejorar su situación económica pero sin irse a la huelga y sin arriesgar la viabilidad de la empresa. Sobre todo, dice en la entrevista del diario, “no quiere que se dispare la inflación”. Y yo asocio su inquietud a la inmerecida fama de esta ciudad por el fenómeno de hiperinflación que vivió en la década de los 20. Creo, sin embargo, que identificar a Weimar por sus vicisitudes económicas de principios del siglo XX sería un grave error. El esplendor y la miseria de Weimar preceden y se adelantan a la época de la llamada “República de Weimar”.

El acta fundacional de la ciudad data de 899, pero su magnificencia empezó en el siglo XVI al convertirse en la capital del Ducado Sachsen-Weimar y para mí, Weimar sintetiza la historia de las grandezas y miserias de Alemania. Una historia que a menudo se desarrolló en los salones de este venerable hotel fundado el 17 de febrero de 1696. Considere, por ejemplo, que en la casa contigua al hotel, hoy desaparecida, vivió Johann Sebastian Bach y en ella compuso el Clavecín bien temperado. Que en la taberna del hotel, Johann Wolfgang Goethe solía beber Madeira y de cuando en cuando con Friederich Schiller, organizaban bacanales que hicieron historia. Más allá de las banalidades, de entre los proyectos que Schiller y Goethe emprendieron en Weimar destaco dos que me emocionan por lo avanzado de su visión. Die Horen fue un movimiento literario que incorporó a mujeres escritoras como Caroline von Wolzogen, Sophie Mereau y Amalie von Imhoff. Y ambos fundaron el Teatro de Weimar que marcó el renacimiento del drama alemán.

La lista de celebridades que dejaron su huella en Weimar es interminable: pintores como Luchas Cranach el viejo, el teólogo Martin Luther; los filósofos Johann Gottfried von Herder, Friederich Wilhelm Nietzsche y Arthur Shopenhauer. Además de Bach, aquí vivieron y compusieron música Franz Lizt, Richard Wagner y Richard Strauss. Leon Tolstoi vino a la ciudad a visitar a Goethe. En Weimar, Walter Gropius, Paul Klee, Wassily Kandinsky, Lyonel Feinninger y Oskar Schlemmer revolucionaron y redefinieron la enseñanza del arte en el Bauhaus y aquí se firmó la primera Constitución democrática alemana recién terminada la Primera Guerra Mundial.

La gran depresión en Estados Unidos deprime aún más el incierto panorama económico de Weimar y esto le sirve de pretexto al incipiente partido nazi para pintar la democracia como un sistema caótico, ingobernable y “poco alemán”. Aquí, desde el balcón del Elephant, Hitler arengó a los ciudadanos de Weimar a odiar, a segregar y a asesinar a judíos, gitanos, comunistas y homosexuales. Aquí, para vergüenza de Weimar, se fundó la Juventud Hitleriana y a unos cuantos kilómetros, en medio del maravilloso bosque de Buchenwald, la SS construyó un Campo de Concentración donde murieron más de 50 mil personas en actos de barbarie que no tenían precedente en la historia de la humanidad. Unos años después, desde este mismo balcón, Thomas Mann fue aclamado por los habitantes de Weimar en 1955 por su mensaje a favor de la democracia.

Este domingo fui al Memorial de Buchenwald y pude observar el asombro de los jóvenes alemanes al contemplar los horrores y leer sus conmovedoras palabras expresando su repulsión a esa parte de la historia de su país. La Alemania actual ya no es más el país humillado y arruinado de la época posterior a la Primera Guerra Mundial. Ese que se identificó con las promesas de un peligroso demagogo y le apoyó en su brutal demencia. Hoy, la economía del país es muy fuerte, sus índices de desempleo son bajos, los salarios van en aumento y su sistema democrático es ejemplar. Y sobre todas las cosas, estoy seguro de que los alemanes han aprendido su lección.

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