Hace apenas unos años, tras cada matanza brutal de las que se perpetran con puntualidad matemática en este país, como la que acabamos de presenciar en Aurora, Colorado, solía exhortar con ingenuidad a nuestros líderes a tomar medidas concretas para atajar el desenfreno de las armas. Hoy ya sé que tales exhortaciones son estériles. Es una consecuencia de haber “madurado” y entendido que las matanzas son el producto natural de una esencial disfunción de nuestra sociedad, la que hace que muchos norteamericanos, tal vez la mayoría, considere aceptable la proliferación de armas de fuego, aunque ésta conduzca con frecuencia a su uso indiscriminado o criminal. Es preciso reconocerlo aunque nos espante: un alto porcentaje de nuestros conciudadanos prefiere que las armas se fabriquen y vendan por la libre aunque esto aumente de manera exponencial el peligro de muerte o mutilación para ellos mismos, sus familiares y sus amigos. Si alguien conoce un ejemplo más claro de disfunción social, de aberración idiosincrásica, que me la describa en un tweet. O como prefiera.
Prácticamente la mitad de los hogares norteamericanos –45 por ciento– tienen armas de fuego, un promedio de tres cada uno. Uno de los cabildos más poderosos del país, sin cuyo apoyo o anuencia pierden las elecciones nuestros políticos, es la belicosa Asociación Nacional del Rifle. Esto explica por qué nuestros líderes responden al macabro ritual de las matanzas con su propia liturgia: palabras de consuelo a familiares de las víctimas, exhortaciones a la “unidad nacional” y a la sanación ( healing), banderas a media asta. Pero esquivan cualquier condena explícita de la causa subyacente de estos masivos actos criminales: la proliferación y el fácil acceso que tiene cualquiera a las armas letales. El presidente Obama y su retador, Mitt Romney, acaban de brindarnos este triste espectáculo, añadiendo con su pusilanimidad un insulto vergonzoso al dolor de los sobrevivientes y familiares de los muertos en la matanza de Aurora.
Claro que el que uno más o menos se resigne a la predilección masoquista de sus vecinos por las armas de fuego no significa que apruebe su conducta. Ni la de quienes se niegan tercamente a ver la realidad. Por el contrario, la previsibilidad de estas masacres permite asignar cuotas de culpa. Con la principal cargan, desde luego, los matones descocados, que durante semanas, meses y años planifican sus crímenes con impunidad, a sabiendas de que mientras conspiran cuentan con el amparo de las leyes, las autoridades, la NRA y muchos norteamericanos que comparten su adicción a las armas aunque la mayoría no se atreva a darles el mismo uso. Hasta que se atreve. Pero culpa hay de sobra para repartir entre todos los que alimentan el vicio sabiendo cuáles son sus consecuencias. Y entre ellos los mayores culpables son aquellos que, como la NRA, torpedean los controles estrictos sobre las armas.
El resultado es que, poco a poco, hemos ido erigiendo una embrutecedora cultura de las armas y la violencia que nos divide en homicidas y víctimas potenciales, pero que, a la larga, nos convierte a todos en carne de cañón. Hoy basta con ir a la oficina, a un mall, a la escuela o al cine para exponerse a que, a la primera de cambio, un loquito cualquiera, un triste imitador del art noir, o un simple aburrido de la vida, saque nuestro número y nos trinque con solo apretar el gatillo de su arma automática, adquirida legalmente o no. La pasividad con que pasamos la página días después de cada matanza prueba que hemos aceptado como inevitable el status quo.
Cuentan con nuestra atrofiada capacidad de atención –nuestro proverbial short attention span– hacia estos crímenes los asesinos en serie, la NRA, los traficantes y los adictos a las armas y los políticos, especialmente aquellos conservadores que a capa y espada luchan por preservar los vicios de la república. El presidente Obama pasó ya a asuntos más graves. ¿De verdad los hay? Romney disimula porque se hizo miembro vitalicio de la irresponsable NRA en 2006, poco antes de declararse candidato a la presidencia. Y el resto nos acostumbramos al hecho evidente de que nuestro gobierno no solo es incapaz sino que ni siquiera intenta ya protegernos a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros nietos de la próxima escabechina sangrienta.
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