Rara es la conexión zoológica de los superhéroes de la pantalla: arañas para Spiderman; murciélagos para Batman. A través de las décadas indican distintos temperamentos de sus creadores o padrinos. Spiderman siempre fue más frívolo y ligero a tenor de Sam Raimi expresado en Tobey Maguire y más aun con Mark Webb –nuevo director de la serie– y el juvenil inglesito Andrew Ferguson. Batman siempre fue más serio y taciturno, sobre todo desde que Christopher Nolan se posesionó de su alma atormentada.
Batman Begins anunció el comienzo de otra era. Dark Knight se oscureció desde el título y ahora The Dark Knight Rises desdobla a fondo las personalidades del millonario Bruce Wayne y su alter ego enmascarado. Durante ocho años, Bruce encerró a Batman en el clóset, con su capa y su máscara en retiro: recuerdos de un inactivo pasado. Murió The Joker con Heath Ledger pero su insidia rebelde prevalece en Bane (Tom Hardy), al mando de un miniejército asesino en las cloacas de Gotham City, presto a poner en acción el mensaje clasista, proletario de su líder, encarnación del descontento subterráneo de la metrópolis. Bruce Wayne presiente y escucha la urgente llamada a la resurrección de Batman.
En casi una década, el reparto no ha cambiado. Michael Caine es el fïel mayordomo Alfred. El comisionado de policía sigue siendo Gary Oldman, con Morgan Freeman de lugarteniente. Un reciente recluta, John Blake, aprovecha al feroz Joseph Gordon-Levitt. Y buena falta hace, porque Christian Bale nunca ardió con el fuego demente del Tenebroso Caballero Ledger.
A Batman lo impulsan las mujeres. Selina Kaye (Anne Hathaway) es la gatuna ladrona que se cuela en la guarida del superhéroe con enmascarada sinuosidad de Catwoman: le sobra maquillaje y le falta el humor vampiresco que usualmente elude al director Nolan. Mejor utilizada está Marion Cotillard como Miranda Tate, trillonaria filantrópica que invierte en el imperio plutocrático de Wayne para impedir catástrofe posmarxista.
Hay elementos de comic book politizado que se enredan y desenredan en remolinos reiterativos de la lucha entre la Anarquía y el Orden, porque ya se vio en Inception que Chris Nolan es Cineasta Conceptual con Mayúscula. El filme es visualmente monumental, sobre todo en la última media hora de sus excesivos 164 minutos.
Son casi tres horas de arrogancia cuasi metafisica, con una partitura rimbombante y sofocante de Hans Zimmer. A la mitad, la Pavana para una Infanta Difunta de Ravel es la música perfecta para este funeral de ideas donde el malvado Bane reza el responso: “Gothan City no tiene salvación y debe permitírsele morir en paz”. •




























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