Opinión

PEDRO CORZO: De Popielusko a Payá Sardiñas

 

La muerte de Oswaldo Payá y de Harold Cepero, más allá del resultado de las investigaciones, siempre dejará en la memoria colectiva de muchas personas vinculadas a la realidad cubana, la duda o la certeza de si fue un asesinato o un accidente vehicular.

Cierto que los regímenes totalitarios de corte ideológico no recurren con regularidad al asesinato extrajudicial, aunque también los ejecutan, no por pudor, sino porque legitiman con leyes creadas al efecto, incluida la pena de muerte, la fuerza extrema. Legalizan la represión en todas sus formas y sistematizan y centralizan la actuación de sus cuerpos represivos.

Las legislaciones y las acciones que se derivan de los proyectos totalitarios de corte soviético pueden ser inspiradas por el déspota de turno, pero su aplicación corresponde a un equipo que se atiene con firmeza al mandato recibido, y en este contorno la represión política no es una excepción, tal vez la regla, para que las demás entidades del estado totalitario se conduzcan de una manera articulada y coherente con el objetivo final.

Aterrorizar, intimidar y corromper son instrumentos regulares de las policías políticas, pero en el caso cubano la labor ha sido, se puede decir, científica. La actuación de los cuerpos represivos de la isla es fría y calculadora. Históricamente se ha conducido de forma uniforme y si puede no estar ocurriendo en el presente, puede ser consecuencia de un proceso de descomposición. El ataque contra el vehículo que conducía Payá, unas pocas semanas antes de su muerte, sentó un precedente que obliga a considerar el asesinato político. Cierto que no es la norma que utiliza el castrismo para eliminar a sus enemigos, pero si el anterior incidente, como dijo el propio Payá, fue premeditado, en consecuencia el trágico suceso que causó su muerte pudo resultar en la ejecución de una de las figuras más notables de la oposición cubana.

Por otra parte la oscura muerte de Laura Pollán, las nuevas formas represivas que incluyen el abuso a las mujeres y considerando ciertas las denuncias de que el gobierno ordenó atacar o perseguir el vehículo que transportaba a Payá y Cepero, permiten deducir que la dirección del gobierno ha determinado cambios en la acción represiva o que al interior de los órganos de la Seguridad, se pueden estar produciendo cambios radicales, o lo que podría ser peor para la dictadura, que la anarquía como consecuencia del agotamiento del sistema, está creando pequeños demonios que dirigen sus propias guerras contra aquellos que ponen en peligro el entramado de sus intereses.

De comprobarse el asesinato de Payá y Cepero, no sería un suceso sin precedentes en Cuba o en otros países socialistas.

En los años ochenta los países integrantes del bloque soviético mostraban signos de fatiga, la corrupción y la desidia devoraban el sistema. El descontento generalizado empezó a mostrarse hasta organizarse en núcleos que rechazaban las dictaduras.

El sistema se agotó. La corrupta clase dirigente fue incapaz de encontrar fórmulas para responder a la crisis estructural que ya enfrentaban todos los gobiernos. El poder soviético cayo por consunción, se devoró a sí mismo.

Quizás el proceso más singular y que a la vez mostraba la alta vulnerabilidad del poder soviético fue el que se desarrolló en Polonia con el sindicato Solidaridad. La relevancia e influencia de este sindicato fue tan determinante que la norma soviética se quebró de forma irreparable cuando el general Wojciech Jaruzelski comandó un golpe de estado y designó un Consejo Nacional de Salvación, integrado exclusivamente por militares, al mejor estilo de los golpistas latinoamericanos.

Como consecuencia del golpe, la policía política asumió un control importante de sus acciones, lo que resultó en el asesinato del sacerdote católico Jerzi Popieluszko.

Popieluszko, al igual que Payá, fue discriminado por sus ideas religiosas. Fue el capellán del Movimiento Solidaridad y el cubano fue el principal promotor del Proyecto Valera, inspirado en un sacerdote comprometido política y socialmente con los sin derechos.

El polaco fue secuestrado y asesinado en 1984, cuando regresaba de un viaje.

El cubano perdió la vida en un viaje en el que promovía que cada ciudadano debía tomar conciencia de sus derechos. Payá decía: “A los cubanos les han creado una conciencia clara de no tener derechos, y que el poder político de un hombre y un partido está por encima de todo”.

Jerzi Popieluszko, afirman los historiadores, fue la última víctima del comunismo polaco; esperemos que Payá y Cepero sean también las últimas del castrismo.

Periodista de Radio Martí.

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