Estados Unidos es el país más miedoso del mundo. ¿Quién lo diría de esta sociedad abierta, una superpotencia próspera que se rige por el estado de derecho y la economía de mercado?
Sucede que aquí el miedo es más rentable que la Apple o las petroleras. Somos los clientes azorados de instituciones públicas y privadas que se ocupan de vendernos y suministrarnos una gama variada de temores patológicos.
Patológicos porque no responden a peligros reales. Los miedos artificiales engendran sus propios peligros imaginarios. Son demonios nacidos de los mecanismos de control elaborados por el poder. Obsesiones de la abundancia, del fervor de un apego a un alto nivel de vida material, el cual alimenta un temor constante a la pérdida de esa vida privilegiada.
La venta del miedo está a la vista en la retórica de la publicidad; se ve a diario en reportajes periodísticos y en la demagogia de los políticos. Los estadounidenses suelen temerle a cosas inocuas al tiempo que ignoran muchos peligros reales. Aquí se fabrican pánicos para todos los gustos. Un producto de la propaganda del Estado paternalista y las predilecciones de los medios de comunicación.
De acuerdo con incontables encuestas, en la historia reciente de Estados Unidos una mayoría de los adultos sondeados han expresado profundos temores hacia cultos satánicos, invasiones extraterrestres, un inminente fin del mundo, los viajes por avión, el supuesto crecimiento de la narcoadicción. Y como indican las cifras de ventas de las empresas farmacéuticas, los estadounidenses son caldos de cultivo de hipocondrías.
Pero hay miedos imaginarios que constituyen amenazas reales para la democracia y la libertad individual. El genial filósofo español Antonio Escohotado resume el peligro: Hoy “gobernar implica administrar el temor ajeno. El interés objetivo del guardián es que el miedo siga intacto, o hasta crezca, de igual manera que la dolencia es el interés objetivo de una medicina donde el paciente paga cuando está enfermo y no cuando está sano”. La promoción del temor hiperbólico, manipulado por las autoridades con la ayuda interesada de sus cómplices en la prensa, justifica el mantenimiento y el crecimiento de un imponente aparato policial que atenta contra las libertades de todos.
Ahora, a partir de la matanza de Aurora (y tal y como sucedió hace unos años después de la masacre en Littleton), algunos medios, expertos instantáneos y mandamases difunden la idea de que en Estados Unidos se extienden la sociopatía y la violencia homicida como epidemias imparables. Nos quieren embutir con cuentos carentes de evidencia acerca de solapados monstruos psicópatas en secundarias y universidades, chicos sumidos en la violencia gratuita de películas y videojuegos, monstruos que elaboran planes para perpetrar futuras masacres en lugares públicos. Así se preparan las coartadas para someter a jóvenes y adultos a nuevas políticas de control social.
Sin embargo, los hechos contradicen la andanada propagandística. Según varios estudios, homicidios y otros actos de violencia perpetrados por jóvenes disminuyeron más de un 30 por ciento entre 1990 y el 2011. En Estados Unidos, las estadísticas demuestran que un joven corre un riesgo muchísimo más alto de morir fulminado por relámpagos que por asesinos al acecho en los cines y las escuelas del país.
En Miami la cultura del miedo ha desarrollado una variante local. Aquí se denuncia el terror que aflige a los cubanos en la isla, criticamos la pasividad de una población que no acaba de rebelarse contra la dictadura. Pero muchas de las mismas personas que tronan contra el miedo y la pasividad en los predios de la mafia Castro-Ruz ocultan la expresión pública de sus opiniones controversiales. Y lo que es más vergonzoso se callan a pesar de que no existe ni la enésima parte de los peligros que gravitan sobre los súbditos de los Castro. Esta doble moral se nutre del temor al qué dirán, del miedo al ostracismo de baja intensidad o a la agresividad en potencia de interlocutores contrariados. Como diría Escohotado, es un miedo paralizante que sigue intacto en Estados Unidos y amplios sectores del Miami cubano.


























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