Prefiero los alcaldes aburridos, los que constantemente revisan los números, los que no gritan ni se exaltan, los que acatan sumisos aquello que se supone que quiere la mayoría de los votantes. Esos que no se aventuran fuera del estrecho círculo del no: no más impuestos, no más gastos, no más gobierno. Entiendo que los políticos carismáticos son mucho más peligrosos. Los sinvergüenzas suelen ser más simpáticos y divertidos pero con pitos y flautas nos llevan al borde del precipicio.
Carlos Giménez, el alcalde del Condado Miami-Dade que aspira a la reelección, es sin lugar a dudas miembro vitalicio del club de los aburridos. En su corta gestión en la alcaldía ha cumplido la promesa de rebajar los impuestos a la propiedad y balancear el presupuesto mediante recortes en los gastos de personal. Su contrincante Joe Martínez, presidente de la Comisión es un poco más animado aunque promete más de lo mismo, tiene un discurso más combativo y una vida social más agitada: se ha reunido con Donald Trump en la mansión de Mar a Lago para tratar de convencerlo de que invierta en un proyecto para convertir a Homestead en el nuevo Hollywood.
Los dos candidatos han trabajado gran parte de sus vidas en el sector público, Martínez como policía y después comisionado. Giménez como bombero, administrador y comisionado. Ambos reciben pensiones que muchos en el sector privado envidiamos.
Durante la campaña se han enfrentado en sutiles maniobras. Recientemente Giménez convenció a la comisión para adelantar $5 millones con el fin reparar los daños causados por la filtración de aguas en el Centro de Artes Escénicas Adrienne Arsht. Según Giménez era necesario cubrir el deducible del seguro lo antes posible porque los arreglos eran urgentes. Martínez se opuso porque consideró que los fondos debieron salir de la reserva millonaria de la entidad que administra el centro.
El año pasado Martínez se opuso a la propuesta de Giménez de balancear el presupuesto obligando a los empleados a pagar un 5 por ciento más del costo de los seguros médicos. Martínez cuenta con el apoyo de los sindicatos en esta campaña. Pese a estas discretas diferencias los debates entre los candidatos a la alcaldía suelen provocar algunos bostezos.
La elección del alcalde de este condado, en el que vivimos casi tres millones de personas y en el que se maneja un presupuesto de miles de millones de dólares, estará en buena parte en manos de un nebuloso y minúsculo universo de votantes invisibles: los votantes ausentes. La manipulación de las aproximadamente 145,000 boletas ausentes enviadas por el Departamento de Elecciones de Miami-Dade se ha convertido en un deporte olímpico veraniego.
Para garantizar la integridad y dignidad de este proceso electoral obviamente hay que redoblar la vigilancia y castigar con todas las de la ley (60 días de cárcel y una multa de $1,000) a los traficantes de votos conocidos como “boleteros”. Pero los votantes también tienen que darse a respetar pues el voto es sagrado, hay que cuidarlo. Esto no es un prostíbulo, aunque a veces lo parezca.
Como residente de Miami-Dade y votante de cuerpo completo confieso que estoy contenta porque me bajaron algo los impuestos a la propiedad y en mi barrio hasta ahora no ha reventado ninguna tubería de aguas negras. Pero no sólo de pan vive el hombre. Nos hace falta un candidato a la alcaldía que se atreva a llevarnos la contraria de vez en cuando. Alguien que se pare muy macho en las esquinas de los barrios perdidos del Condado donde cada semana los tiroteos entre pandilleros matan a niños recién nacidos y grite a voz en cuello para que lo oigan todos los vecinos que no lo vamos a tolerar.
Alguien que busque una forma creativa de hacer algo decisivo para nuestra economía: ayudar a nuestras escuelas públicas como ha hecho el alcalde de Chicago, Rahm Emmanuel. Alguien que este dispuesto a decirle no a la política de satisfacer a los votantes para convencernos de que hace falta meterse la mano en el bolsillo a fin de invertir en proyectos que beneficien a nuestros hijos o a nuestros nietos y que no sólo impliquen la disminución de impuestos a corto plazo.
Más que buenos gestores, los grandes alcaldes han sido siempre grandes soñadores porque los hombres que dejan huella nunca son aburridos.

























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