Mientras Pablo Picasso le daba sus últimos toques a su Demoiselles DAvignon en el año 1907, Gustave Klimt comenzaba a hacer lo mismo con su icónico cuadro El Beso. Dos obras que revolucionaron la pintura se fijaron en la mujer como centro de inspiración. Pero si el pintor malagueño escondió su belleza tras máscaras primitivas y gestos hirsutos, destacando más bien su ruptura con los cánones aceptados de la belleza, el pintor austríaco hizo lo contrario.
El Beso no solamente realza la belleza del rostro femenino, sino que le imprime un erotismo refinado, que habría de ser una de las características de su pintura, cuando no se aventuraba en la expresión de temas sexuales en sus más detalladas manifestaciones. Al cumplirse los 150 años de su nacimiento (Baumgarten 1862 - Viena, 1918), el mundo del arte, comenzando en la capital austriaca, se ha volcado hacia este pintor reconocido sobre todo, por las numerosas reproducciones del cuadro ya mencionado, difundidas por el mundo entero.
Gustave Klimt penetra en el mundo del arte por las puertas abiertas del Art Noveau conocido en Austria por Jugendstill. En 1897 presidió el grupo de artistas y arquitectos reunidos en torno al movimiento Secesión (1862-1918) que abrogaba por una ruptura con el arte académico, siguiendo los lineamientos de esa nueva tendencia. En 1902 le dedica un friso a Beethoven y otros a distintos temas relacionados con la filosofía imperante de ese momento.
Viena, tengamos eso presente, era un hervidero de ideas donde imperaban arquitectos como Otto Wagner (1841-1918) y Joseph Maria Olbrich (1867-1908), compositores de la categoría de Gustave Mahler (1860-1911) que fue amigo de Klimt, pintores uno protegido por éste: Egon Schiele (1890-1918) y el otro Oskar Kokoshka (1886-1980) que fue el amante de Alma Mahler (1879-1964). A esa lista parcial, debemos añadir la del fundador del psicoanálisis: Sigmund Freud. En esa atmósfera que presenció la decadencia y derrumbe de la dinastía de los Habsburgo, Gustav Klimt realizó su pintura mientras proseguía sus numerosas correrías amatorias, dejando 14 hijos como resultado.
Mencionar la pintura de Gustave Klimt significa por lo tanto, visitar su mundo colmado de ornamentaciones y del arte de los mosaicos elevado por Bizancio a su más acabada expresión. El uso del oro adquirió en la era bizantina un simbolismo místico, mientras que fue objeto en Klimt de un gusto por lo refulgente y esplendoroso que hacia resaltar las formas humanas. Dentro de sus espacios ricamente decorados surge entonces la mujer: Judith semidesnuda y ataviada con la dorada pompa de una sociedad que exhibía sus opulencias. El retrato de Emilie Floge, uno de sus amores permanentes, muestra la elegante gestualidad que atraía la mirada del pintor. El Beso considerada su obra maestra o por lo menos la más reconocida, muestra el talento de Klimt de combinar un acto erótico con los detalles sobrecargados de flores, espirales, volutas y otros recursos pictóricos. La Muerte y la Vida ejecutado entre 1915 y 1916, incursiona por el territorio que presenciara a Gustave Mahler componer sus sombríos indertotenlieder o los adagios de sus últimas sinfonías.
Por su parte pintores como Egon Schiele resaltaron el pesimismo que representaba las ideas filosóficas de su momento. Klimt se sintió tocado por las tonalidades del espíritu expresionista, como lo demuestra el trasfondo de ese cuadro suyo. Sobre estos artistas se cernía el fin de una guerra que habría de dejar un lastre de muerte y desencanto en los años que le siguieron.
Gustave Klimt fue sin duda uno de los grandes intérpretes de la figura femenina. Otros pintores en el siglo XX la reprodujeron bajo distintos aspectos: Gustave Moreau, Henri Matisse, Amadeo Modigliani o Pierre Bonnard por ejemplo, se regodearon en sus formas. A pesar de la grandeza de esos pintores, nadie consiguió como el maestro austriaco, elevarla a la categoría de una presencia cautivadora que dominaba el espacio del cuadro. Vale la pena sin embargo, señalar aquí los retratos de John Singer Sargent (1856-1925) que consiguieron capturar el aire aristocrático de sus modelos. Pero al pintor estadounidense le faltaba el toque sensual que Klimt le imprimiera a los suyos. Si Modigliani o Matisse desbordaban con sus desnudos los contornos femeninos, y Moreau los llevó a una dimensión surreal, Klimt los contuvo dentro de unos estudiados y meticulosos procedimientos que supo asimilar del Art Noveau. A él le debemos pues que la mujer pueda ser aún admirada como la gran seductora que mueve los hilos de la belleza.•
Carlos M. Luis es historiador de arte, escritor, curador y conferencista en galerías y museos.




























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