Todavía hay quien se asombra de que un loco trasnochado, artillado hasta la coronilla, se aparezca de súbito en una escuela, una farmacia o un cine, como el asesino de Denver, y en un dos por tres, sin motivo aparente, sólo por el placer de apretar el gatillo, se cargue la vida de un sinfín de inocentes.
La escena se ha hecho tan común en nuestros días que la nauseabunda celebridad que, digamos, tenía un tipo como Jack el Destripador, ha ido quedando cada vez más en el olvido. Y el debate social se ha ido apartando del meollo del asunto –la siniestra naturaleza de los criminales– para centrarse en los accesorios del delito.
La gente parece haber perdido la razón en un mundo en el que la televisión se ha convertido en una escuela virtual para desequilibrados, los niños ya no juegan con soldaditos de plomo, y es más fácil matar a un adversario en pantalla que aplastar una cucaracha porque alguna cofradía protectora de animales, tan influyentes hoy en día, podría meter al más guapo en la cárcel.
A mucha gente le preocupa más que se pueda adquirir fácilmente en una armería una pistola o una escopeta, que de manera casi esquizofrénica se le rinda culto público a la exuberancia física, y que en pleno siglo XXI, casi 300 años después del de las Luces, se premie con regocijo al más fuerte y no al más culto. Valga recordar que nunca han prosperado las Olimpíadas para inteligentes.
Es razonable admitir que, a diferencia de un rifle de caza o un revólver para defenderse (no vivimos en el Edén), nadie necesita tener un fusil de asalto o una bazuca bajo la cama. Ejemplo típico de que los excesos siempre desbordan el sentido común. Aunque debo decir que de cualquier manera la lógica que se le aplica al debate de la tenencia de armas de fuego sigue siendo para mí disparatada. En las guerras sí, en la cuadra no.
Además de lo indolente que se nos ha vuelto la enseñanza, en escuelas y en hogares, de que la ética importa menos que los dinosaurios, y de que la competencia a ultranza en vez de progresar nos ha hecho involucionar, en parte el problema es también que antiguamente había reglas para todos, hasta dentro de la mafia. Los niños y mujeres estaban fuera de peligro.
Hoy en cambio, terroristas y narcotraficantes operan sin el menor asomo de escrúpulos, y lo mismo acribillan a soldados que a bebés. De modo que la metamorfosis ha sido más de forma que de fondo. Lo mismo se mate a uno que a cien, porque en materia de sangre la cortedad de la empresa no empequeñece el delito. A ver si me explico. Que si los contamos no son pocos los asesinos.
Si la memoria no me falla, y para no ir muy atrás, en los últimos cien años saltan a la vista el holocausto sufrido por los judíos, las masacres cometidas por los japoneses en Nankín, la de los soviéticos en Katyn, la de los jemeres rojos en Camboya, el exterminio de los tutsis en Ruanda, el genocidio en los Balcanes… Y en efecto, puntos suspensivos.
A la lista se agregan el sinnúmero de muertos, tramitados en los calabozos por las dictaduras, civiles o militares, y que fallecen ignorados, indolentemente inadvertidos por la sagaz pupila de la prensa. Vende más titular y dimensionar los crímenes perpetrados por dementes y alucinados que indagar en los que cometen verdugos investidos con enorme poder y portan credenciales de gobierno.
En materia de necrología política incluso se llegó a decir que los iraquíes vivían con la mecha de la bomba encendida bajo la almohada porque los americanos les tenían ocupado el país. Sin embargo, ahora que los soldados del Pentágono se fueron, en Irak se cometen dos veces más atentados suicidas que antes. Entre ellos mismos. Subrayo la aclaración.
Aunque en milenios muy pocas cosas han cambiado en el hombre, el asunto es que con el poco tiempo del que hoy se dispone para la reflexión, con lo escasas que se nos han vuelto las delicias más triviales del planeta, y con lo atormentados que estamos por el gran circo en que se nos ha convertido la vida, hasta las crueldades humanas se nos han ido haciendo más truculentas.




























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