En el documental La bendición de Dios, de Miguel Reyes, un grupo de campesinos, obstinados con la falta de agua, deciden buscarla en las profundidades de la tierra. La ordalía se suma a la inventiva que otro audiovisual, La cuchufleta, había mostrado a la hora de producir electricidad sin los generadores al uso.
A golpe de mandarria, levantando muros interiores y tendiendo un tubo de polietileno negro sobre las irregularidades de la montaña, el agua que sale del manantial en el fondo de una cueva llega al poblado remoto, luego de esquivar obstáculos y solucionar con los más ingeniosos recursos de ingeniería hidráulica aficionada, la caída del líquido, al no contar con bombas que lo impulsen.
Vencer esta carencia es una “bendición de Díos” para los lugareños abandonados a su suerte por un régimen que ha vuelto la satisfacción de primeras necesidades las últimas de sus prioridades, lo cual pudiera ser una gran contradicción si tal filosofía no fuera consustancial al socialismo, incapaz de sustentar la producción de bienes comunales.
Ahora se sabe que más de mil millones de metros cúbicos de agua potable de La Habana se escapan a través de conductoras y redes de distribución vencidas por el tiempo y la indolencia.
Nada nuevo, es la isla que se repite, cuando me remonto a finales de los años sesenta, viviendo en una recién estrenada urbanización como lo era La Habana del Este y la llegada del agua a los edificios comenzaba a ser racionada sin que nos percatáramos del desastre que sobrevendría.
Supimos, entonces, que la cisterna rara vez se llenaba y que el agua debía bombearse al tanque de la azotea a ciertas horas del día cuando estuvieran en sus casas la mayor cantidad de vecinos. Entonces acontecía el corre corre por ir al baño tanto para aprovechar la ducha como para poder descargar los inodoros, ni decir que se acumulaba el líquido precioso en contenedores habilitados al efecto en la terraza para después poder lavar, fregar y mantener la higiene posible.
La revolución nos hizo ahorrativos hasta cotas de miseria y ocupó nuestros cerebros en la desesperación de solucionar recurrentes crisis domésticas, entre las cuales la falta de agua sigue siendo una de las más acuciantes.
Aprendimos a cepillarnos los dientes con un jarrito de agua y esperar que varios miembros de la familia hicieran sus necesidades para evacuar, de una vez, los inodoros con un solo cubo. Enseñó a mi madre a lavar casi en seco y hervir el líquido para evitar males como las giardias, agresivo parásito que vivía en aguas poco tratadas por el cloro que también escaseaba.
Hay personas que nunca han disfrutado del agua corriente en sus hogares abastecidos con camiones cisternas o pipas como se les conoce en Cuba. El peso extra de los bidones necesarios en cada apartamento para almacenar ese líquido, en ocasiones, ha sido la causa de derrumbes.
Ahora la presidenta del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos se apresta a dar su informe en la Asamblea Nacional del Poder Popular y hablará de inversiones y esperanza en el futuro mientras el agua se sigue perdiendo en zonas mayoritarias de la ciudad y en otras, las más exclusivas, los dos dictadores duchan sus cuerpos envejecidos indiferentes a la realidad que los circunda.



























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