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Contrabandistas mantienen con vida rebelión en Siria

 
 

Zahia Bustani, refugiada siria de Yisr al Shughur, de 54 años, en el campamento llamado "Revolución", situado en Antioquía, Turquía.
Zahia Bustani, refugiada siria de Yisr al Shughur, de 54 años, en el campamento llamado "Revolución", situado en Antioquía, Turquía.
Ilya U. Topper / EFE

EFE

Las milicias rebeldes que combaten contra el régimen sirio difunden sus logros gracias a los ‘contrabandistas de la guerrilla’, activistas que les llevan ordenadores, cámaras y móviles y regresan con imágenes y vídeos.

“Me pidieron que les llevara armas y munición, pero les dije que sólo me ocupaba de la información”, comentó el sábado Muntasir Sino, un joven sirio kurdo que acaba de volver de los Montes Kurdos, una cordillera al este de la ciudad portuaria de Latakía.

Allí, asegura, se desarrolla una verdadera guerra. Y no desde ayer, sino desde hace más de un mes, mucho más tiempo que en Alepo o Damasco. Lo que ocurre es que no se sabe. “La guerra tiene dos caras: la armada y la de la información”, repite Sino.

“Y en el monte no hay internet, ni siquiera electricidad. Esta semana fui a verlos y les llevé cuatro portátiles y cuatro cámaras de fotos de alta calidad. Necesitan también internet por satélite, pero es muy caro y no hemos encontrado quien lo financie”, explica.

De vuelta se trajo un disco duro lleno de fotos y algunos vídeos.

Sino, oriundo de Qamishli, en la zona oriental de Siria, es miembro de la Unión de Coordinadores de los Jóvenes Kurdos en Siria (HHCKS), una red que se dedica a defender los intereses de los kurdos en todo el país desde una visión integradora.

Vive en Estambul, donde su organización dispone de una oficina, pero acaba de regresar de los Montes Kurdos, llamados así porque sus habitantes reivindican un origen kurdo, aunque hoy todos hablen únicamente árabe.

La región lleva semanas bajo un estricto asedio por parte de ejército sirio y los ‘shabbiha’, las milicias al servicio del régimen.

Pero el camino hacia Turquía está despejado: “Los 30-40 kilómetros entre el monte y la frontera son territorio nuestro, no hay peligro”, cuenta Sino. Eso sí, cuando uno se adentra en el monte, conviene conducir a toda prisa, para evitar que los tanques del ejército apostados en cuatro cimas puedan apuntar al vehículo.

Los bombardeos aleatorios son frecuentes, así cómo los ataques desde helicópteros. Pero los tanques no pueden tomar el monte, ya que los guerrilleros montan guardia día y noche, relata el joven.

Los guerrilleros “tienen incluso dos hospitales de campaña, dirigidos por médicos, pero faltan medicamentos y, sobre todo, instrumentos para operar. Aunque lo que más piden son armas”, añade.

De éstas se ocupa Firas Birro, un joven sirio oriundo de esta zona, que desde hace tres meses se ha convertido en un profesional del contrabando de medicamentos, comida y, sí, también armas.

Hasta el inicio de la revolución, Birro trabajaba como profesor en Alepo, pero tanto él como sus hermanos, suboficiales del Ejército, lo vieron claro pronto.

“Teníamos tiendas y negocios en Latakía, pero lo dejamos todo para echarnos al monte. Mi padre, que ya peina canas, ahora anda con un fusil y un revólver, coordina una unidad de socorro, y dirige el almacén donde llevamos la comida desde Turquía; últimamente no hay más que unos cuantos sacos de patatas”, relata Birro.

Asegura que salir de Turquía hacia Siria, cargado de material y armas, es fácil.

“Los turcos nunca te paran. Lo difícil es volver. Anteayer me detuvieron dos veces en la frontera para darnos la opción de ser trasladados al campamento de refugiados Sanliurfa, o bien volver a Siria. Elegí lo segundo. Finalmente dimos un rodeo de cinco horas bajo el sol y conseguimos entrar”, recuerda el contrabandista.

“Antes veníamos a Turquía para comprar fusiles de caza, que aquí se venden libremente. Ahora hay una segunda fase en la que llegan armas de verdad de contrabando. Y dentro de Siria hay un tráfico de armas, se intercambian fusiles por morteros, según lo que necesite y tenga cada uno, pero en el Monte Kurdo somos pobres, y con los fusiles no nos podemos defender contra los helicópteros”, se lamenta.

Eso sí, recuerda con orgullo las hazañas de un experto en explosivos, capaz de fabricar “mezclando abono, acetona y ácido” unas minas que pueden derribar un edificio o inutilizar un tanque.

Pero también Birro cree que para ganar la guerra no basta con una hazaña de guerrillero.

“¿Qué piensan de nosotros en Europa? ¿Cómo ven la revolución? ¿Pensarán que somos islamistas?”, se pregunta preocupado.

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